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DOS MIRADAS

Imagen del hemiciclo del Parlament de Catalunya durante un pleno, desde la tribuna de prensa.

FERRAN SENDRA

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Emma Riverola

En una semana se constituirá el nuevo Parlament y, si no hay un milagro de último momento, reproducirá todas las debilidades del anterior. Convertir la política en teatro es renunciar a su propio sentido

El gran error del procés fue ir a la batalla sin medir sus fuerzas y menospreciando al adversario. No había estrategia cabal, pero sí arengas. Muchas arengas. Un combinado de épica y misticismo que aún le alejaba más de la realidad. Creer que el teatro de cada acto era munición contra el Gobierno más autoritario, cobarde e inútil de la democracia española era puro y peligroso ensimismamiento. Un PP que sigue sacando pecho a pesar de que la corrupción le llega al cuello, no iba a dejarse arredrar por un movimiento que, aunque poderoso, muy poderoso, estaba debilitado por la impotencia. Creer en la ayuda de Europa ya fue puro enajenamiento.

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Ni el bloque del procés era homogéneo ni estaba libre de las cuitas partidistas ni había un liderazgo incuestionable ni tenía una única estrategia ni, sobre todo, estaba bendecido por la amplia mayoría de los ciudadanos dispuestos a llegar hasta el final. Signifique eso lo que signifique. En vez de desnudar las contradicciones del Gobierno del PP, Catalunya se desnudó social, política y económicamente. Las voces que trataron de poner un poco de sentido común a la situación se han ido apeando. El último, Carles Mundó.

En una semana se constituirá el nuevo Parlament y, si no hay un milagro de último momento, reproducirá todas las debilidades del anterior. Convertir la política en teatro es renunciar a su propio sentido. Si no sirve al bien común, ¿a quién sirve?