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ANÁLISIS

Víctor Valdés, el hombre del misterio

Jordi Puntí

Más pronto que tarde se impone un homenaje al portero que marcó una época en el Barça

Tendría que haberse quedado en el Barça. La frase es terrible y traidora, si uno la pronuncia hoy pensando en Víctor Valdés. Sobre todo después de esa tarde de marzo del 2014, cuando se lesionó en un partido contra el Celta -rotura de ligamentos cruzados- y puso fin a una temporada que tenía que ser su última en el Barça.

Luego vinieron una serie de decisiones seguramente erróneas, mucha mala suerte, el olvido para quien lo ha ganado todo. De haberse quedado, nadie puede predecir lo que habría ocurrido en la portería del Barça, pero lo que es seguro es que hoy no estaríamos lamentando que un portero de su talla y personalidad se retire tan silenciosamente.

Al mítico Dino Zoff le gustaba decir que un portero tiene que estar siempre con los pies en el suelo. No era, por supuesto, una frase literal, pero en cambio resume muy bien el carácter sobrio que lo caracterizó toda su carrera. Casi con la rectitud y el aplomo de un portero de finca regia con librea: usted pasa, usted no pasa. Víctor Valdés era también de esa tradición psicológica europea: la confianza, la regularidad, la posición, escasos deslices. En su catálogo no estaban las excursiones gratuitas, ni los regates a lo Hitchcock, y mucho menos los adornos barrocos en la palomita. Cuando salía en la foto, es porque era imprescindible.

El escritor Vladimir Nabokov, que en sus años de estudiante en Cambridge jugó de portero, describió en sus memorias el atractivo singular de este puesto: “Distante, solitario, impasible”. Parece que estuviera describiendo a Valdés: “Es el águila solitaria, el hombre del misterio, el último defensor”. Aunque en realidad, con Valdés en manos de Guardiola, nos acostumbramos a ver al portero como el primer defensor. Él encarnó como nadie la transición entre un modelo de guardameta clásico, con los pies de mantequilla, y el estilo actual de portero total, que Ter Stegen representa como nadie --y por muchos años.

Al borde de la locura

Se ha hablado a menudo de los porteros que siempre están al borde de la locura, excéntricos que -bajo el influjo de ese 1 en su camiseta- viven esa singularidad como un trayecto entre el privilegio y la fatalidad. Valdés, que nunca quiso ser portero, daba muy bien este perfil. En sus acciones, en su concentración, había una tensión latente que a veces -temíamos- podía terminar mal: como un actor tan metido en su papel que un día fuese incapaz de vivir fuera del terreno de juego, incluso del área. Quizá de esto va también su despedida silenciosa de estos días.  

El primer brasileño que jugó en el Barça, en 1931 fue un portero bromista y espectacular, Jaguaré. Se burlaba de los delanteros y a veces gustaba de atajar el balón con una mano en la espalda, como si la tuviera atada. Eran otros tiempos. La portería barcelonista creció en una tradición de centinelas que debe leerse casi como un linaje familiar, una herencia de ganadores del premio Zamora que sobrevive en la memoria popular. Empieza en Ramallets, sigue con Sadurní, Urruti y Zubizarreta y acaba, por el momento, con Víctor Valdés. Sea cuando sea, pues, pero más pronto que tarde, se impone un homenaje.

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