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DOS MIRADAS

Mientras los Maristas de Catalunya no se han implicado a fondo en las reivindicaciones de las víctimas, en Chile quieren llegar a la verdad. ¿Por qué aquí seguimos subvencionando sus escuelas sin exigir un compromiso con las víctimas?

El mismo modo de actuar. La misma aberrante combinación: el abuso del poderoso sobre el más débil de los débiles; la protección del grupo, el silencio de los que no quieren saber; la culpa, el miedo y la vergüenza convertida en un peso tan insoportable que lastra la vida misma; la religión como última coartada, como último chantaje... Y, al fin, no solo el cuerpo herido, también el alma.

Las últimas informaciones sobre los casos de pederastia en los colegios Maristas de Chile vuelven a poner la ignominia ante nuestros ojos. Que el hábitat de los pederastas son los lugares donde abundan los niños no es sorprendente. Que se haya actuado con idéntica estrategia de encubrimiento indica que la podredumbre no solo era individual, sino que implicaba a la organización. Resulta muy difícil creer que se haya repetido la forma de actuación sin que hayan existido unas directrices marcadas desde la cúpula.

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Pero hay una diferencia relevante. Muy relevante. Mientras los Maristas de Catalunya no se han implicado a fondo en las reivindicaciones de las víctimas, en Chile están dispuestos a llegar a la verdad. Los últimos 50 años serán investigados y “un equipo externo de expertos en derechos humanos escarbará en el pasado de las doce escuelas chilenas”. ¿Por qué aquí nos conformamos con menos? ¿Por qué seguimos subvencionando las escuelas de esta orden sin exigir un compromiso con la verdad y las víctimas? 

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