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LA CLAVE

La lista más votada... o no

Enric Hernàndez

Tiempo atrás, que gobernase un candidato perdedor era para Mas un "fraude" democrático. Para Puigdemont, en cambio, resulta "imperativo"

Es sabido que en política los argumentos son instrumentales y los grandes principios, de quita y pon. Los líderes adornan sus intereses, legítimos aunque particulares, con proclamas falsarias acerca del bien común y la democracia, pero tales ornamentos tanto valen para un roto como para un descosido. La resaca de las elecciones del 21-D nos ilustra de nuevo sobre esta impúdica doblez.

El posconvergente Carles Puigdemont juzga un "imperativo" ser investido porque, pese al triunfo de Inés Arrimadas, Junts per Catalunya suma junto a ERC y la CUP mayoría absoluta en el Parlament. Es lógico que así sea, pues en una democracia parlamentaria el electorado no vota al presidente, sino a los diputados que después lo investirán.

Una obviedad esta que Artur Mas ignoró adrede cuando, tras encabezar dos veces la lista más votada, vio como los tripartitos de Pasqual Maragall y José Montilla lo confinaban en la oposición. "Gobiernos perdedores", denunciaba el líder de CiU, quien en el 2008, invocando la "calidad democrática", desafió así a los socialistas: "A partir de ahora tendrán que aceptar que se respete la lista más votada, porque esto es un fraude. ¡Ya está bien de engañar a la gente!" 

Haciendo abstracción no ya de los principios, sino de la aritmética, el PP empuja ahora a Arrimadas a una investidura imposible, achacándole "alergia a gobernar" por negarse a hacerlo. La amnesia selectiva de los populares les impide recordar que en el 2016 el candidato más votado, Mariano Rajoy, rehusó la oferta del Rey de formar gobierno porque no le daban los números. Como olvida Ciudadanos que, a renglón seguido, Albert Rivera firmó con Pedro Sánchez un pacto de investidura igualmente abocado al fracaso.

CONSERVAR EL PODER

Que la segunda, la tercera y la penúltima lista más votadas pacten un 'president'. Que Puigdemont designe sustituto tras postularse como insustituible.  Que el ilusorio "Govern legítimo" ceda finalmente paso a un Govern que gobierne. Y, a poder ser, que nuestros políticos dejen de esgrimir tantos principios indeclinables, cuando para ellos lo único en verdad irrenunciable es conquistar y conservar el poder.

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