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La clave

La masculinidad ausente

Luis Mauri

La participación completa del padre en la crianza de los hijos no será una realidad sin permisos laborales de paternidad obligatorios


Soy hombre. Soy blanco. Soy heterosexual. Soy un privilegiado, entendido el privilegio no como una merced, sino como una tara que veta la equidad.

Los patrones de identidad de género pasan de generación en generación sin que la sociedad adquiera conciencia de la urgencia de un cambio radical. La mujer se ha incorporado como fuerza de trabajo y de consumo en la sociedad industrial, pero los centros de poder le siguen vetados mayoritariamente. Hay excepciones, algunas muy notables, que confirman la regla.

En las familias heterosexuales, la crianza de los niños sigue recayendo en la mujer. Es ella quien se ve obligada por lo general a aplazar o cancelar sus proyectos profesionales. Los hijos suelen criarse en ausencia cotidiana del padre. Este llega tarde. Una broma, una caricia, quizá una regañina. Por la mañana, los llevará al colegio, más dormidos que despiertos todos en el coche. ¿Quién suele controlar las visitas médicas, la alimentación, si la niña debe llevar rotuladores en la visita al museo?

Competitividad y no afecto

En ausencia de masculinidad, las niñas tienen un referente identitario, la madre. Los niños carecen de él. El de la madre no les sirve, les está vetado por las estructuras jerárquicas del modelo heterosexual. El niño queda preso de la búsqueda constante de un referente masculino ausente, lo cual deriva en la sustitución del afecto por la competitividad como eje central de las relaciones interpersonales. Esta competitividad, según la filósofa feminista de raíz marxista Nancy Hartsock (1943-2015), es el germen de la hostilidad, de la lucha permanente yo/otro que define el modelo relacional masculino.

Puede haber un modo de poner coto a la masculinidad ausente y a sus consecuencias: la participación completa del padre en la crianza. Pero esto no será una realidad sin permisos laborales de paternidad obligatorios. Hasta entonces, los empresarios preferirán contratar hombres que mujeres en edad fértil, y los hombres seguirán priorizando la competición profesional sobre el compromiso familiar.
 

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