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La lacra de la violencia sexual

Arandinos, delincuentes y víctimas

Lucía Etxebarria

Hay una paradoja horrible en esto del machismo: el machismo solo cree a la mujer que reconoce que miente


Escribo esto con un nivel de cabreo considerable. Después de leer un reportaje –en un periódico que no es este– sobre el caso de una menor de edad que denunció una violación, el diario recoge el testimonio de «una vecina». Que no se identifica. Y que dice que a ella le han dicho «que la chica iba jactándose de haberse acostado con los tres futbolistas».

Imagínense que yo escribo un artículo sobre Soraya Sáenz de Santamaría y cuento que una vecina que no ha querido identificarse me ha dicho que se ha acostado con tres modelos de lencería masculina y se ha ido jactando de ello. No se me ocurre semejante locura. Primero, porque soy consciente de mis responsabilidades como periodista. Y segundo, porque de la demanda que me puede caer no me recupero de aquí a que las ranas críen pelo. ¿Cómo es que un periódico de difusión nacional no mantiene el mismo rigor en un caso tan delicado como el de una presunta violación de una menor?

Pero es que, además, un equipo de profesionales evaluó a la menor y fue precisamente por recomendación de este equipo que se interpuso la denuncia. ¿Por qué hemos adquirido la costumbre de dudar por principio de los psicólogos clínicos? ¿Por qué dudamos de la jueza que ha decidido abrir una investigación?

Una paradoja horrible

Hay una paradoja horrible en esto del machismo: el machismo solo cree a la mujer que reconoce que miente. Es decir, si yo digo que he puesto una denuncia falsa, se me cree. Pero si pongo una denuncia, parece que miento por principio.

Es repugnante que 200 personas se hayan congregado en una manifestación en apoyo de unos delincuentes confesos. Porque los futbolistas han admitido que mantuvieron relaciones con la menor. Y aunque nuestro Código Penal habla del consentimiento libre en el caso de abusos a menores mayores de 13 años, este solo se admite cuando el autor sea una persona próxima al menor por edad y grado de desarrollo o madurez. Y no era el caso.

Y a ti, querida, no sé tu nombre, pero espero que alguien te haga llegar mi mensaje. Yo te creo. Mantente firme y sal a la calle de Aranda con la cabeza bien alta. Ellos deberían sentir vergüenza. Tú no.

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