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Análisis

Carles Puigdemont, acompañado de Anroni Comín y Meritxell Serret celebran los resultados en Bruselas.

AP / GEERT VANDEM WIJNGAERTG

Volver a empezar

Enric Marín

Ya no hay espacio para el 'pensamiento mágico'. El soberanismo necesita recuperar las instituciones y gobernar. No será fácil.


Las elecciones de ayer tenían, como mínimo, una doble lectura. Como plebiscito y como elecciones parlamentarias que definen posibles pactos de gobierno. En clave estrictamente plebiscitaria, se trataba de saber si el independentismo podía revalidar la mayoría parlamentaria obtenida por primera vez en la historia hace dos años. Si el objetivo de Rajoy al aplicar el artículo 155 y convocar elecciones inmediatas era acabar con la mayoría parlamentaria independentista, su fracaso ha sido colosal. Su desautorización ante la UE y el mundo no le saldrá gratis. En clave de elecciones parlamentarias, se trataba de ver cuál de los dos bloques quedaba en mejor posición para articular pactos de gobierno. A pesar de la altísima participación, en lo que respecta a la relación de fuerzas entre el bloque autodenominado constitucionalista y el bloque independentista las posiciones no se han modificado de forma significativa. El espacio equidistante que han querido defender los comuns, en cambio, ha sufrido mucho la fuerte bipolarización de la campaña. Paradójicamente, sin embargo, su papel en la definición de fórmulas de gobierno puede ser clave, determinante. En el bloque dinástico o constitucionalista, la polarización en torno a Ciutadans ha sido muy clara. Y quien más ha sufrido ha sido el PP, que ya se ha convertido en un actor político marginal en Catalunya. La campaña de García Albiol ha sido un regalo de los dioses para Arrimadas.

En cuanto al bloque independentista, en unas condiciones extraordinariamente adversas, sus resultados han sido muy y muy meritorios. Se mire como se mire, estas elecciones han demostrado de manera concluyente que la teoría del suflé no tiene ningún tipo de fundamento. Ahora bien, a diferencia de lo ocurrido en el bloque dinástico, en el bloque independentista no se ha producido una polarización equivalente. Todo lo contrario. La lista de Puigdemont y la lista de ERC han obtenido un empate técnico. Y la CUP ha sufrido un retroceso muy importante, casi tan dramático como el del PP. ¿Qué ha pasado en el campo independentista? Casi todas las encuestas daban una clara ventaja a ERC y solo una leve bajada a la CUP. Probablemente, después de los acontecimientos del mes de octubre y la aplicación del artículo 155, la posición de la CUP ha sido leída como demasiado idealista, poco realista. El ya sólido electorado independentista ha buscado el voto más útil y ha diversificado su opción al 50% en la búsqueda de este objetivo. No se puede obviar que el encarcelamiento de Junqueras ha debilitado de manera obvia la candidatura liderada por ERC. Esto, combinado con la decidida apuesta de Puigdemont para liderar una candidatura que desbordase el perímetro electoral del PDECat, ha alterado buena parte de las previsiones. Una parte significativa del electorado soberanista ha identificado en la simbología representada por el president legítim la impugnación más rotunda de todo lo que significa la aplicación del 155. De todos modos, el artículo 155 no se levantará, en el mejor de los casos, hasta que no haya un nuevo Govern elegido por el nuevo Parlament. Ya no hay espacio para el pensamiento mágico. El soberanismo necesita recuperar las instituciones y gobernar. No será fácil.
 

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