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Geometría variable

Puigdemont se sale con la suya

Joan Tapia

El impulsor de una heteróclita lista electoral ha derrotado a Junqueras y a Rajoy


El independentismo ha resistido y ha salvado los muebles. Ha bajado en diputados (de 72 a 70) y mantiene prácticamente igual su porcentaje de votos, algo más del 47%. Pese al fracaso de la declaración de independencia, pese a las negativas consecuencias económicas, pese al 155 y pese a que Carles Puigdemont ha huido a Bruselas y Oriol Junqueras duerme en la cárcel.

Es evidente que los independentistas no han votado ahora tanto un programa sino un sentimiento de protesta y rebelión contra las estructuras del Estado español. Es posible incluso que las penalidades de los dirigentes independentistas –que todas las encuestas dicen que los catalanes, por una mayoría amplia, consideraban excesivas– hayan contribuido a esta resistencia que se ha transformado en un victoria por los pelos.

Pero si el independentismo ha resistido, e incluso ha mantenido la mayoría absoluta, el verdadero ganador es Carles Puigdemont. Con su estrategia, a primera vista aventurista, de exilarse y hacer ruido en Bruselas ha sabido conectar con el sentimiento de la mayoría de los votantes independentistas. Y así ha ganado la batalla a los escépticos dirigentes de su partido, que le apoyaron solo como mal menor, a Junqueras y los dirigentes de ERC, y al Estado español, que ahora se debe enfrentar a todos los problemas que supondrá que el candidato con más apoyo en el Parlament esté en el exilio y que si vuelve a España se arriesgue a entrar inmediatamente en la prisión. Una papeleta difícil para Rajoy, que le puede crear graves problemas.

Un triunfo que también es amargo 

Pero el triunfo de Puigdemont es también amargo. La primera fuerza no es JxCat (34 escaños), que queda tres por debajo de C’s, que es quien, como formación política, ha ganado las elecciones. Mientras el independentismo se radicalizaba y se estancaba en votos (en el 47%), C’s ha pasado de 3 diputados (contra el catalanismo de Maragall) a 9, a 25 y ahora 37 escaños. La idea de que la legitimidad catalana es solo la estelada ha fracasado. El independentismo solo representa a media Catalunya, que, con la ayuda de una ley electoral española, consigue la mayoría absoluta en el Parlament.

Además, esta mayoría volverá a estar en manos de los cuatro diputados de la CUP, que pondrán obstáculos a cualquier evolución –difícil–hacia la negociación. Y Puigdemont no tiene un partido propio, sino una coalición extraña. Se tendrá que imponer en el PDECat o formar un nuevo partido, y negociar con una ERC resentida que se ha quedado a solo dos diputados y que tiene a su líder en la cárcel.

Puigdemont ha ganado a ERC, ha hecho fracasar el intento de Iceta de reanimar la tercera vía y ha derrotado a Rajoy. Pero tendrá que actuar sabiendo que el programa que proponía no tenía ni la consistencia ni la fuerza necesarias. Y no está nada claro que –golpe político y electoral aparte– tenga las cualidades necesarias para sacar a Catalunya de la crisis y división actuales. Y las circunstancias en las que deberá dar los próximos pasos no ayudan a normalizar las instituciones.

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