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Las tradiciones navideñas

Belén con alegato

Care Santos

Las figuras del nacimiento han de ser de barro. Nada que sobreviva sin degradarse cuatro mil años


Hacer el belén es sacar la infancia de una caja año tras año. Jugar al paisajista que llevamos dentro, al constructor de maquetas, incluso al granjero, con la excusa de que lo hacemos por otros, los hijos. Hacer el belén es también perpetuar una tradición tan compleja y mestiza como el mundo, o como quienes habitamos en él, que para algunos nació en las catacumbas de los primitivos cristianos, para otros tiene que ver con los dioses lares romanos y para unos pocos se lo debe todo a san Francisco de Asís.

En casa abrazamos el belenismo-fusión. Nuestro belén de este año tiene castañera, caganer, Reyes Magos, diablo, romanos, ángeles, Pulcinella y hasta un R2D2 que adora al niño con todos sus circuitos. Nada que objetar: desde hace varios años los personajes de Star Wars forman parte del imaginario navideño, y en algo se tenía que notar lo muy fans de la saga que somos. Eso sí: me opuse con todas mis fuerzas a que el Halcón Milenario aterrizara frente a los pastores de la anunciación.

Además de habitantes del Imperio, tenemos personajes de muchas latitudes, recolectados en numerosos viajes. De México llegó un diablo desnudo, colorado, con alas y cornamenta, que hace años aterraba a los niños. De Nápoles, enmascarado y con cítara, un Pulcinella rollizo. Lo coloco con las otras figuras napolitanas: la señora que sirve café, el cocinero y el señor del paraguas, un anacronismo que da a todo un toque melancólico.

Alejémonos de lo que
no muere,
 de todo aquello cuya mera supervivencia no desafía el paso del tiempo

Como en casa somos muy de la farándula, este año frente al nacimiento hemos dispuesto un festival de espectáculos. Allí cantan muy serios dos escolanets de Montserrat. Pulcinella parece sorprendido en mitad de un monólogo de Dario Fo. Una mínima representación de los Capgrossos de Mataró levanta un pilar de a uno (permítanme abrirle un paréntesis a esta figurita, mi favorita, por lo sincrética y por lo que tiene de homenaje a la cultura local, y en la que el casteller inferior es a la vez un caganer. La compré no recuerdo dónde ni cuándo, pero fue en muy buena hora, puesto que no he vuelto a ver que la vendan. Cierro ya el paréntesis).

Por último, en estos días tan extraños en que todos los impuros aspiramos a la pureza, un alegato. En mi belén no hay figuritas de plástico ni de resina. Recuerdo siempre un poema en el que José Hierro dice haber enseñado a sus hijos a distinguir entre una flor auténtica y una horrible flor plástica. También yo lo intento. Las figuras del belén han de ser de barro. Ningún material made in Taiwan, nada que sobreviva sin degradarse cuatro mil años. Un romanticismo, lo sé, otro de tantos.

Lo comenté con la señora que en la plaza de la Catedral me vendió hace unos días una vaca y un buey con sus cuernos, pintados a mano, rompibles –es decir, mortales–, preciosos: apenas queda gente que busque figuras de barro. Todo el mundo va a lo fácil, a lo barato. Pienso de nuevo en José Hierro. Aléjanos, señor, de lo que no muere. De todo aquello cuya mera supervivencia no desafía el paso del tiempo.

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