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LA CLAVE

Lo que no pasará el 22-D

Enric Hernàndez

Ni las urnas indultarán a Puigdemont, ni habrá independencia unilateral. ni Catalunya podrá ser gobernada de espaldas a la mitad de los catalanes

Tras el estropicio del proceso soberanista, las elecciones eran la única vía transitable, el mal menor. Tuvo el 'president' una oportunidad de oro para disolver el Parlament justo después del 1-O: aún recientes los hematomas por los porrazos policiales y herida en su orgullo la masa independentista, la victoria electoral hubiera sido inapelable. También pudo Carles Puigdemont firmar el decreto en el último suspiro, evitando que el 155 tomara cuerpo; los suyos no le dejaron. Siempre es tarde para llorar sobre la leche derramada.

Desdibujar la suspensión de la autonomía catalana con una inmediata llamada a las urnas fue un rasgo de astucia por parte de Mariano Rajoy, pues la instauración de un largo protectorado en Catalunya planteaba serios problemas de ejecución y no hubiera tenido un pase democrático, ni a los ojos de los catalanes ni a los de la comunidad internacional. Lástima que la sutileza del movimiento no se viera correspondida por la acción de la fiscalía, que facilitó el encarcelamiento de medio Govern. Ni por quienes a lomos del 155 rescataron las obras de Sijena depositadas en el Museu de Lleida como si fueran un botín de guerra. Ni por una Junta Electoral que persigue palabras, lazos y colores con ardor digno de más democrática causa.

Tenemos, con todo, malas noticias para los utópicos: las elecciones de este jueves, sea cual sea el escrutinio definitivo, no bastarán para resolver el llamado 'problema catalán'. Tan profundas son las raíces del conflicto, y tan acendrados los recelos mutuos, que el 22 de diciembre todavía estará todo por hacer. 

Porque no, no es cierto que para restituir al 'president' baste con votar al 'president'. Las urnas no amnistían de las responsabilidades penales, que solo a los tribunales competen. Puigdemont deberá elegir entre la cárcel y el extrañamiento; la bandera de su investidura, efectista, es solo un emotivo señuelo electoral.

Tampoco es verdad que una victoria electoral, aun con una mayoría absoluta independentista, catapulte a Oriol Junqueras de Estremera al Palau de la Generalitat. El líder de ERC tal vez pueda hacerse con el acta de diputado, pero con un juicio por graves delitos en ciernes la presidencia queda lejos de su alcance.

Y no, un eventual Govern independentista no podrá «hacer República», salvo que sea esta un metáfora huera. Los límites de la unilateralidad, tantas veces negados, son desde el fiasco de la DUI una realidad irrebatible. O la CUP abdica de su pulsión rupturista, o el soberanismo no podrá formar gobierno.

RENUNCIAS... Y MUCHA EMPATÍA

Otra quimera irrealizable es que el triunfo de un partido constitucionalista, o incluso una derrota por la mínima del movimiento independentista, levante el acta de defunción del 'procés'. Catalunya no puede ni debe ser gobernada de espaldas a la mitad de la población que hoy sueña con la secesión, de igual modo que jamás debió ser administrada despreciando a la otra mitad. Sanar la herida abierta entre los catalanes exigirá de nuestros políticos altura de miras, renuncias y mucha, muchísima empatía. De lo contrario, el enquistamiento del conflicto acabará por devastar Catalunya. 

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