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Salir de la propia trinchera para votar

Albert Sáez

Si la tendencia se consolida, el 22-D puede ser un infierno, un nuevo duelo de impotencias entre la calle y el BOE

Uno de los efectos indeseados de la irrupción de las redes sociales en la circulación de la información es el peligro que corren los ciudadanos de quedar encerrados en las llamadas cámaras de eco, descritas entre otros por Kathleen Hall y Joseph Capella. En este caso, a diferencia de fenómenos como el de la censura o de la espiral del silencio, es el propio individuo el que cercena su acceso a la información para quedar encerrado en una nube de interpretaciones y opiniones tan homogéneas que pueden llevarle a vivir en una realidad paralela.

Los algoritmos de FacebookTwitter o Instagram alientan ese aislacionismo al sugerirles que contacten con otros usuarios (que pueden ser personas o robots) con los que presentan más afinidades. No es la primera vez que pasa. La novedad es que estamos ante una nueva forma de autocensura que no protagonizan los periodistas sino el público. 

Premio y castigo

Este tipo de prácticas potencia una forma de pensamiento fanático que castiga al disidente cuando circula por el silo ideológico equivocado. Y premia el componente populista de la política, de manera que los dirigentes en lugar de liderar se limitan a dar la razón a los que hablan más o a los que más gritan, una actitud cortoplacista que les lleva a callejones sin salida como en los últimos meses del Gobierno Puigdemont o en los primeros de Tsipras.

Sabemos desde Tocqueville que la libre circulación de la información es una condición necesaria, aunque no suficiente, para la democracia. Por ello advirtió de que la censura es el bastión más inexpugnable del Antiguo Régimen. El más inexpugnable. Por ello la Ilustración fue también una condición necesaria para el advenimiento de la Revolución Francesa, solo los ciudadanos capaces de informarse se emancipan y ejercen su plena soberanía. De manera que la renuncia a entender la realidad en su complejidad tiene consecuencias en el comportamiento político de los ciudadanos.

Lo vimos a finales del siglo XX cuando el entretenimiento empañó la información como explicó de manera magistral Neil Postman. En el siglo XXI, en determinadas cámaras de eco, el odio es patrimonio de Toni Albà o de un profesor de nanotecnología de la UB. Mientras en otras lo es de un individuo subido a un tanque del Ejército amenazando a Puigdemont o de Pérez Reverte en su Twitter.

Competencia interna

Difícilmente, quien vive en esos mundos paralelos va a mover su voto entre los tres bloques (bien definidos aquí por Ignacio Molina) que compiten en las elecciones del 21-D. Si algunos teníamos serias dudas sobre la efectividad de las campañas electorales, la irrupción de las cámaras de eco nos ha hecho más escépticos. Las encuestas reflejan hasta ahora que la batalla está centrada en la competencia interna en los bloques (entre Esquerra y Puigdemont o entre Arrimadas y el PSC) y en la posible movilización asimétrica de los votantes más o menos independentistas.

Si la tendencia se consolida, el 22-D puede ser un infierno. Un nuevo duelo de impotencias entre la calle y el BOE, sin espacio para la política, sin líderes capaces de salir de la propia trinchera. Los votantes deberían calcularlo antes de poner el voto en la urna porque en la vida real hay que convivir con los que piensan diferente, sin posibilidad de bloquearlos o de encarcelarlos.

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