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Negaré que lo he escrito

Negaré que me he despedido

Negaré que me he despedido

Risto Mejide

Se me da muy mal decir adiós. Crecer es aprender a despedirse, he dicho siempre. Quizás sólo por eso, puede que aún hoy siga siendo un inmaduro. Así que me pienso dar el piro a la francesa, como hago siempre que salgo con amigos, sin decir nada a nadie, sin despedirme de veras. Si en este artículo, en cualquier momento, dejo una frase a medias, una de esas que siempre he sido incapaz de acabar, ya sabes de qué va. 

El caso es que después de ya no sé cuántos años escribiendo aquí –también soy muy malo para las fechas–, lo dejo, sí, me voy. A otro sitio, a otro lugar, a empezar otro proyecto que ahora no viene al caso. O igual a mi casa, a escribir en mi blog, eso ya lo veremos porque lo cierto es que aún tengo cosas por decidir y por cerrar. Da lo mismo. 

Sin embargo, antes de irme, y porque mi abuela siempre me decía eso de que es de bien nacidos ser agradecidos, debería darle las gracias a tanta gente que me pasaría de las 900 palabras que siempre me he impuesto como límite. Empezando por un amigo que hoy sé que está dolido. Y al que siempre tendré en un pedestal. 

Paréntesis. Una confesión que no creo que sepan ni los que me contrataron. Siempre he intentado que el número de palabras de cada artículo que entregaba fuese capicúa. Era una forma de redondear las cosas, como si acabando con el mismo número con el que empezaba la cifra, acabase la redacción con la misma sensación con la que la comencé. Cuando los dos –el texto y yo– sabíamos que eso nunca puede ser cierto, que cuando uno empieza a escribir, jamás se imagina lo que después habrá escrito y ya no digamos cómo se puede llegar a sentir. La vida y la escritura se parecen sobre todo en que nunca empezarías el mismo texto del mismo modo si alguien te dijera de antemano cómo lo vas a acabar. Cierro paréntesis.

Otra cosa que debería hacer es repasar los buenos momentos que esta columna me ha traído. Hablar del Cuando sepas de mí. Del Lo que duele no es el dolor. Del Largaos. Del Lo poco que sé de la vida. De tantos y tantos textos que me habéis contado que han formado parte de vuestras vidas. De tantos y tantos textos que habéis convertido en vídeos, con vuestras voces e imágenes. No creo que haga falta comentar nada más. Ya lo habéis hecho vosotros. Y lo habéis hecho tan bien que hasta a veces me dio envidia, y puede que fuese precisamente de esa envidia que saliera un Mía

Son todos vuestros. Haced con ellos lo que queráis. 

Mi terapia consistió en escribirlos. Sacarse un sentimiento de dentro es un premio en sí mismo. La mejor recompensa añadida es que os hayan servido a vosotros como me sirvieron a mí. Precisamente gracias a uno de ellos, conocí a la que hoy me arranca sonrisas para tatuármelas para siempre a piel de página. Sí. 

Nada más. Nos 
vemos por 
ahí, entre mis 
muchos errores 
y algún éxito 
espero que nos 
podamos volver 
a encontrar

Tampoco quisiera darme la importancia que no tengo. Soy muy consciente de mucho que me queda, de lo mindundi que sigo siendo al lado de gente muy grande a la que admiro y seguiré admirando por su forma de plasmar el miedo, la esperanza, la rabia o la soledad. A mí este espacio siempre me vino grande. Lo sé. Y siempre lo he sabido. Pero como ocurre con los abrigos que te dejan, siempre encuentras tu manera de arremangártelos y hacerlos tuyos aunque sólo sea de manera temporal. Y hasta te diría que abrigan más. No sólo por la tela que sobra. Sino por las arrugas que crean, y como todo el mundo sabe, cuando algo o alguien tiene arrugas, como que refugia más.

Esta cita más o menos semanal me ha servido, eso sí, para compartir lo más preciado que tenemos tú y yo y cualquiera. La vida interior, que no íntima. Mi manera de ver el mundo, las relaciones, la vida, los amigos, la familia, el amor, la tragedia, el país. Por eso, la fe de erratas sería tan extensa como la suma de todos los artículos. Porque puede que ya no opine como opinaba. Es lo más seguro. O puede que haya aprendido cosas que creí saber. Es lo más probable. Por eso, cada tuit, cada retuit, cada like a cada artículo yo me lo he tomado como un «yo también estuve ahí, pequeño padawan». También cuando no te gustó, o cuando simplemente te dio igual. 

Nada más. Nos vemos por ahí, entre mis muchos errores y algún éxito espero que nos podamos volver a encontrar. Ah, sí, que el último que apague la luz, –que no está la factura para dejarla encendida–, pero que sobre todo jamás cierre la puerta. En este espacio que yo ocupaba vendrán otros que lo harán brillar como se merece. Este vacío siempre encontrará a alguien que lo quiera y lo sepa llenar. Ahí está la magia de las palabras. Que crean sensaciones conforme rellenan espacios en blanco. Que cosen abismos uniendo a gente sin necesidad de juntarla.

Este aprendiz de lo que nadie enseña se da a la fuga con una sonrisa en los ojos, varios silencios en la mochila y un consejo que ahora por fin te puedo dar: jamás dejes de 
 

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