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Los monólogos del Barça

Jordi Puntí

Lo que se espera este domingo es que, como mínimo, el equipo azulgrana lleve la voz cantante

En la entrevista que ayer publicó este periódico con Cristóbal Parralo, el entrenador del Deportivo, sobresalía el titular: "Hay que evitar el monólogo del Barça". Lo leí y pensé que hace mucho tiempo que los azulgranas no consiguen un buen monólogo con su juego, pero en fin. Su fútbol ya no es avasallador e incisivo como hace unos años, cuando se podía decir que, efectivamente, solo hablaba un equipo en el campo. Incluso si consiguen altísimas cotas de posesión del balón, los de Valverde suelen ofrecer alternativas al rival, intercambios de conversación en los que hemos visto que las réplicas más contundentes las daba precisamente Ter Stegen, uno de los héroes de la temporada.

Yo creo que, en realidad, con sus palabras Cristóbal estaba pensando en un estilo modélico del Barça que es parte de la historia de la oratoria. En la entrevista, además, el técnico también recordaba que él fue uno de los integrantes del 'dream team' de Cruyff: jugó de lateral la gran noche de Kaiserslautern, que es cuando se empezó a ganar esa primera Copa de Europa del Barça. Ese equipazo llegó a explorar los límites del monólogo hasta el punto de flirtear con la locura: al final, en su peor versión se volvía barroco, amanerado, como por ejemplo cuando prefería mantener el balón a la salida de un córner antes que buscar el gol con un centro.

Siguiendo con el símil literario, en realidad Cruyff consiguió un tipo de fútbol comparable al de los grandes escritores, donde la forma era más importante que el contenido. El cómo por encima del qué. Cuando decía aquello de "prefiero jugar bien que ganar", estaba defendiendo una estética del fútbol que se asemeja a la de los narradores más literarios. "Si uno solo busca la victoria, sin pensar en el estilo, cuando pierde le queda cara de imbécil": son palabras que pueden aplicarse a los escritores de 'best-sellers' fallidos, que solo buscan 'atrapar' al lector con "una historia trepidante", sin preocuparse de contarla bien, es decir, de jugar bien.

Más que un monólogo, o un diálogo, el escritor y cineasta Pier Paolo Pasolini distinguía a los futbolistas entre prosistas o poetas, según trataban al balón. Hincha del Bolonia, Pasolini decía que el gol, con su fulgor irreversible, es la máxima expresión de la palabra poética, y el mejor poema sería sacar de centro del campo, driblar a todos los rivales y marcar gol. Por esa misma razón la poesía está reservada a unos pocos genios, como Messi. Estirando un poco el juego literario, quizá hay jugadores que son grandes adjetivos, defensas que tienen la función de una preposición, centrocampistas sustantivos y delanteros que cargan con todo el peso de un verbo crucial, de esos que transforman el sentido de una frase. 

Veremos qué tipo de diálogo proponen este domingo Barça y Deportivo. En tiempos de campaña electoral, donde las palabras pierden su significado y las opiniones se vuelven vacías, se agradecería una buena lección de oratoria en forma de fútbol. No tiene que ser un monólogo, pero sí que el Barça lleve la voz cantante.

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