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ANÁLISIS

Sin locomotora, Europa funciona singularmente al ralentí. Merkel está en Bruselas para participar en la cumbre, pero tiene la cabeza en Berlín. Su Gobierno está en funciones a la espera de lograr repetir la gran coalición con los socialistas o convocar nuevas elecciones. Gobernar en minoría en Alemania produce más pánico que ensayar una gran coalición en España. El lema europeo, unidos en la diversidad, no es casual.

Con la gran cancillera en punto muerto, algo insólito para quien ha ejercido una influencia sobre la política europea sin precedentes, algunos líderes podrían caer en la tentación de recitar el verso de Neruda: "me gusta cuando callas porque estás como ausente". No servirá de nada. Sin Gobierno en Berlín la Unión Europea (UE) no puede hacer frente a su prioridad más urgente: reformar la zona euro; convertirla en una unión económica y monetaria real a prueba de bombas, o sea, de otras crisis, como ha prometido el salvador Macron.

Si el Brexit fue una de las peores noticias en la historia de la construcción europea, ponerlo en marcha está resultando un alivio de proporciones similares. Se temió un divorcio a tortas pero no parece que vayan a volar los platos sobre el Mar del Norte. El acuerdo sobre las condiciones de separación ha sido una victoria en Bruselas y un baño de heladora realidad para los británicos que prometieron una ruptura radical e indolora con Europa. En el horizonte: un Brexit blando, con Reino Unido fuera pero casi dentro, aunque lo más difícil empieza ahora: evitar la división europea a la hora de hablar de comercio.

Superar la adolescencia

Mientras los británicos parten, los europeos se proponen superar la adolescencia: eliminar la tutela norteamericana sobre su defensa, de la que llevamos dependiendo desde la segunda guerra mundial. "Hoy el sueño se convierte en realidad", ha declarado Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, al anunciar la creación de un mecanismo para que la gran mayoría de los estados de la UE engrasen conjuntamente sus ejércitos e industrias de armamento, una idea que aparece y desaparece de la agenda europea desde sus orígenes.

Con Trump en la Casa Blanca y Putin en el Kremlin, era inevitable que los europeos se tomaran en serio su autonomía defensiva. "Son buenas noticias para nuestros aliados y malas para nuestros enemigos", ha insistido eufórico el polaco Tusk. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha recordado la necesidad de que la Alianza y la UE se complementen mutuamente, pero ambos saben que la tensión entre ambas organizaciones será inevitable si los europeos un día logran tener su Ejército propio.

Mientras Merkel resuelve su interinidad, otros espinosos temas permanecen en la nevera. Buenas palabras sobre la política social europea, otra vieja idea que la cicatriz que ha dejado la crisis en el continente hace redoblar su urgencia. El reparto de la acogida de refugiados sigue sin cumplirse, un golpe moral para la vocación europea de iluminar con sus valores al mundo. Dese prisa cancillera y sitúe su legado en el lado bueno de la historia.

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