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La cita del 21-D

El espacio que antes ocupaban la derecha y la izquierda lo ocupa ahora la identidad, que es la ideología que se impone


En la antigua sede del PSC, en la calle de Nicaragua de Barcelona, había antes una foto de Karl Marx colgada en la pared. En la pared de un sótano. Si alguien dejaba la puerta entreabierta, la foto asomaba de su clandestinidad como si quisiera decirte algo. Allá estaba Marx, envejecido y enmarcado igual que ha quedado el debate ideológico. Ahora se lleva otra cosa que no cabe en un programa electoral, otro marco, por el que el PSC se arrima a lo que quedaba de Unió Democràtica pese a que, en lo ideológico y en teoría, no tenían nada que ver. Así, otros de Unió hicieron el mismo viraje a Esquerra y el exprimer ministro socialista francés Manuel Valls se deja caer en un mitin de Ciudadanos. «La izquierda puede morir si no se reinventa», dijo Valls tres años atrás.

Singularidad catalana

Serían llamativas las nuevas parejas si no lo hubieran sido más aquellas que ya vimos, con la lista que agrupó a Esquerra Republicana y Convergència o el hecho de que fuera la CUP la que sostuviera a un 'president' del PDECat. Existe una singularidad catalana en las mezclas. Pedro Sánchez lo intentó durante su investidura pero no le salió: «Estamos obligados a mezclarnos, tenemos que hacer mestizaje ideológico. Descubriremos que el mestizaje enriquece, mientras que la uniformidad empobrece». Escogió una palabra distinta y buscada, mestizaje, cuyos ecos regresarán tras una campaña tan identitaria. Lo ideológico apenas explica nada y por eso explica tanto, porque el espacio que antes ocupaba la derecha y la izquierda lo ocupa la identidad, que es la ideología que se impone. A lo mejor ese es el cambio que se ha producido en el 'procés', que los programas electorales son los candidatos en sí y las ideologías son las emociones. No hacen falta ni las promesas.

Los medios intentan –poco, seguro– radiografiar cómo ha cambiado Catalunya en lo que, según las encuestas, preocupa más a los votantes: el desempleo y la desigualdad o el deterioro de los servicios públicos, por citar algunos. No hace tanto de aquellas campañas catalanas que anticipaban por dónde irían luego los debates ideológicos del conjunto de España, porque aquí se polemizó primero sobre la privatización, los recortes, las políticas de inmigración.

En ocasiones, los candidatos lanzan propuestas sobre el modelo social pero su discurso y la agenda –de acuerdo, ahí tenemos que ver los medios– se los llevan las quinielas sobre el próximo Govern. En este momento es lo que son, quinielas. Encuestas, quinielas y una 'moleskine'. En eso nos tenemos. Con menos, se han hecho series de éxito en la televisión, pero quizá la política precise algo más.  

Convivencia en la calle

Sánchez habló en su momento de mestizaje ideológico. Esa singularidad, Catalunya la ha asumido. Ante el riesgo de que se repitan las elecciones, se presentará para los partidos el reto de escapar de la lógica de bloques y explorar el mestizaje identitario, algo que ya existe y a lo que se suele llamar convivencia. En la calle se da. A pesar de todas las fracturas y las heridas abiertas, que son evidentes, se siguen viendo ejemplos a diario. Ocurre que para darse cuenta hay que mirar a la calle. Y pisarla. Lo que implica algo más que aprenderse de memoria los datos del paro.
 

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