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El reparto de la riqueza

De recogidas y maratones

LEONARD BEARD

De recogidas y maratones

Josep Oliver Alonso

Son encomiables las campañas solidarias de esta época del año, pero no confundamos caridad con justicia


En estos días tan proclives a nostalgias abundan los llamamientos a compartir parte de nuestro bienestar con los que menos tienen. Un último ejemplo de ello ha sido la Gran Recogida, en la que 56 bancos de alimentos y 130.000 voluntarios de toda España han conseguido más de 21 millones de kilos de productos, imprescindibles para atender a 1,5 millones de necesitados. Cierto es que el Consejo de Ministros, con el 85% de cofinanciación del Fondo de Ayuda Europea, aportará 85 millones de euros. Pero estarán conmigo en que, al margen de esa ayuda pública, la solidaridad individual, o la caridad si lo prefieren, es indispensable para garantizar unos mínimos vitales a muchas familias. Ahora, finalizado el esfuerzo en alimentos, se acerca La Marató anual de TV-3, en la que se recogen fondos para proyectos de investigación médica y/o instalaciones y equipos hospitalarios. Recogidas de alimentos y maratones de solidaridad son ya tan habituales que forman parte, aparentemente indisoluble, de nuestro paisaje emocional prenavideño.

A primera vista, nada hay de malo en ello. ¿Cómo no iba a ser un banderín de enganche la solidaridad? En todo caso, atendiendo a las necesidades hoy existentes, nadie puede oponerse a esas iniciativas. Al contrario, lo que hay que hacer es apoyarlas, promoverlas y sostenerlas. Felicidades, pues, a los voluntarios por el ingente esfuerzo realizado en la recogida de alimentos; ánimo a los organizadores de La Marató de TV-3 este 2017, y que tengan el mayor de los éxitos en la obtención de recursos para la investigación de enfermedades infecciosas.

Contra la pobreza solo avanzaremos con más presión fiscal, lo que aquí es como mentar la bicha    

¿Por qué en diciembre? En ese mes crepuscular algo hay en el ambiente que reverdece la fraternidad y confiere mayor intensidad al reencuentro familiar, una emoción que no es patrimonio de nuestros días: ha emergido en épocas dispares, países distintos y con todo tipo de religiones. El hecho de que esos sentimientos se hayan expresado en situaciones tan disímiles con festividades tan similares remite a su escondida utilidad: en algún momento de nuestro pasado remoto, los grupos que con estas celebraciones robustecían y cimentaban sus ligámenes tuvieron mayor éxito reproductivo. Y su triunfo somos nosotros, sus descendientes. Esta interpretación de la conducta humana, que forma parte ya del acervo científico aceptado, permite afirmar a Robert Wright en su The Moral animal (¿por qué somos cómo somos?) que los comportamientos universales lo son, justamente, porque nos han permitido sobrevivir.

Pero en nuestra compleja colectividad, nada es lo que parece. Por ello, que este deseo de solidaridad forme parte de nuestro hardware como humanos no debería oscurecer nuestro entendimiento. Para iluminar el debate, ampliemos el foco: según la última Encuesta de Condiciones de Vida (2016), en torno al 20% de los hogares españoles (3,7 millones) y más del 28% de los niños (2,2 millones) se encontraban en riesgo de pobreza, un eufemismo de la Comisión Europea para no hablar directamente de simple penuria. Porque ya me dirán cómo hay que definir que casi 1,4 millones de personas no puedan pagar una comida de carne, pollo o pescado al menos cada dos días; que más de 4,5 millones no tengan para mantener la vivienda a una temperatura adecuada; o, finalmente, que cerca de 8 millones no puedan permitirse una semana de vacaciones al año fuera de casa.

Nadie se abochorna por pagar poco

En esta tesitura, no vayamos a confundir caridad con justicia. Un país avanzado no puede tolerar segmentos de su población excluidos de lo más básico, ni que partes importantes de la investigación resten al albur de la voluntad de particulares. Pero, lastimosamente, aquí se tolera. Ello remite a uno de los problemas básicos de nuestra sociedad: una moderada presión fiscal, que jibariza el gasto público y obliga a la caridad individual a suplir a unos poderes públicos incapaces. Debiera causar sonrojo que España continúe a la cola en ingresos públicos con un exiguo 38% del PIB, muy lejos del 46% de media de la eurozona y solo por encima de la presión fiscal de Irlanda, Lituania,  Bulgaria y Rumanía. Pero no es así: aquí nadie se abochorna por pagar menos impuestos.

¿Lucha contra la pobreza? Por descontado. ¿Con la caridad? Sí, si no hay más remedio. Pero solo avanzaremos realmente en su eliminación con mayor presión fiscal y más elevada contribución de los que más tienen. Pero, ¡ay!, eso de subir impuestos es, en esta parte del sur católico europeo, sea Catalunya, sea España, mentar la bicha. Habrá que conformarse, pues, con la caridad. ¡País!