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Editorial

Desencuentro por las obras de Sijena

El asunto del arte religioso requería diálogo y sentido común, no una operación como la vivida ayer en Lleida

Operarios trasladan las piezas al monasterio de Sijena.

Operarios trasladan las piezas al monasterio de Sijena. / ACN / SALVADOR MIRET


Ayer se cerró un capítulo de la larga historia de desencuentros judiciales entre los gobiernos de Aragón y Catalunya por el enrevesado asunto de los bienes del monasterio de Sijena. Y se cerró de una manera poco afortunada, que no ha ayudado a serenar unos ánimos que, en plena campaña electoral, ya están suficientemente caldeados. La providencia del Juzgado número 1 de Huesca permitía el acceso al Museu de Lleida, con presencia de la Guardia Civil, para trasladar las 44 piezas de Sijena allí conservadas, tras los intentos de la Generalitat para retardar la ejecución de la sentencia de abril del 2015 que declaraba nulas de pleno derecho las transacciones entre las monjas sanjuanistas y la institución catalana y el MNAC entre 1983 y 1994. Los motivos de la Generalitat son poderosos: desde la apelación a la ley catalana del patrimonio, ya que las piezas están catalogadas, hasta el concepto de «unidad de colección» establecido por la Unesco, pasando por la sentencia del Tribunal Constitucional del 2012 que declaraba que se había ejercido «correctamente» el derecho de compra, sin posibilidad de retracto por parte de Aragón.

En cualquier caso, el asunto se estaba dilucidando en los tribunales y todos los expertos aconsejaban que, por el bien de las obras reclamadas, no convenía efectuar ningún traslado hasta una sentencia firme de la última instancia judicial, el Tribunal Supremo. Sin embargo, y tal como acredita el auto del TSJC que acuerda que no ha lugar al recurso para que las 44 piezas se quedasen en Lleida, la irrupción del artículo 155 valida «la necesaria cobertura jurídica» y «no lesiona derechos o intereses legítimos». El ministro de Cultura decidió no actuar en los tribunales, en sus funciones de gestor de los intereses de la Generalitat –aunque autorizó a última hora un recurso de técnicos de la conselleria que no ha frenado el traslado–, y se ha limitado a aceptar administrativamente la ejecución provisional del auto del juzgado de Huesca.

El asunto de Sijena –sin contar con los murales conservados en el MNAC, de resolución aún más espinosa– requería diálogo entre administraciones y sentido común. La imagen de la comitiva de furgones de la Guardia Civil protegiendo el traslado no es nada edificante. Como ha dicho Àngel Ros, alcalde de Lleida, «se está produciendo un incendio cultural». Y en los tiempos que vivimos, siempre es mejor evitar el fuego que intentar apagarlo.
 

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