Ir a contenido

EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

Qué tontos éramos

Qué tontos éramos

Juan Carlos Ortega

Ver la televisión no es solamente mirar una pantalla, sino varias. Recuerdo que hace años, cuando emitían un debate, una entrevista o lo que fuera, podía verse a lo largo y ancho de aquellas viejas 625 líneas. Hoy, sin embargo, aparecen diminutas pantallitas incrustadas dentro de nuestro televisor, cada una ofreciéndonos una información distinta. Por si eso no bastara, los responsables de los programas incluyen mensajes de texto que aparecen por la derecha y se van perdiendo poco a poco en la parte izquierda.

El otro día, viendo La Sexta, me maravilló la cantidad de cosas que iban comunicándome y fui repentinamente consciente de las tremendas posibilidades que ofrece ese modo de hacer tele.

En la pantalla principal, ocupándolo casi todo, podía presenciar en directo una tertulia. En un pequeño recuadro situado abajo, veía en directo el exterior del Congreso de los Diputados. En otro, el interior, una reportera esperando a que le dieran paso. Debajo, frases de internautas opinando con contundencia sobre varios asuntos. Arriba, a la derecha, un avance de la programación de la cadena.

¿Recuerdan cuando en la pantalla solo salía la cara de Soler Serrano o la de su invitado, gente aburridísima como Borges?

Me sorprende que la cosa se quedara ahí, con tan solo cinco o seis informaciones a la vez, cuando los programas de televisión podrían ir más allá y ofrecer 700 o tal vez 800. ¿Qué lo impide? Se trata de ir poniendo recuadros y más recuadros de tamaño reducido y así el espectador ya puede quedarse tranquilo sabiendo que no se le está escapando nada.

Sale Ana Pastor hablándonos, por ejemplo, de Catalunya. Simultáneamente, una pantalla nos muestra una manifestación llena de banderas en Bruselas, otra nos ofrece imágenes de los principales líderes políticos haciendo declaraciones. En pequeño, 90 pantallitas podrían ir reproduciendo el ambiente en distintas calles de Barcelona, por si algo importante pasase mientras habla la periodista.

Respecto a lo de anunciar la programación posterior de la cadena, no veo por qué tiene que hacerse. Hay pantallitas minúsculas suficientes como para no anunciarlo, sino directamente emitirlo. ¿Por qué esperar a ver una película cuando podemos disfrutarla mientras habla Ana? En lo que dura un solo programa, para no perder tiempo, podemos ver a la vez toda la programación de La Sexta. Tan solo tenemos que ir moviendo los ojos con rapidez para no perdernos nada.

¿Y por qué solo de La Sexta? Incluyamos más pantallitas y veamos también otras cadenas. Con un solo vistazo, sentados en nuestro sofá, vemos simultáneamente todas las teles. ¿Y si añadimos también todo Netflix? No veo el motivo para dejar de hacerlo. Y pongamos también ahí HBO. Caber, cabe. Micropantallitas con todas las series emitiendo a menor volumen, pero audible, mientras Ana nos pone una maldita hemeroteca.

Respecto a los mensajes de texto, no nos conformemos con ir leyendo los comentarios de los espectadores. Aprovechemos el poder de la palabra escrita y añadamos, de derecha a izquierda, de arriba abajo y en diagonal, fragmentos de las principales obras de la literatura universal. Bueno, espere, ¿por qué solo fragmentos? Pongamos los libros enteros, que una pantalla, bien empleada, puede dar mucho juego.

¿Recuerdan ustedes que burros éramos cuando en la tele solamente salía la cara de Joaquín Soler Serrano o la de su invitado, gente aburridísima como Borges que solamente podía hablar de una cosa a la vez? ¿Cómo pudimos ser tan rematadamente tontos?
 

0 Comentarios
cargando