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Salud y aventuras

Mis fobias queridas

Carles Sans

Nunca he sido un amante del riesgo e incumplo a rajatabla el perfil del macho intrépido

Se dice que las amistades pertenecen a la rara categoría de lo que podemos elegir en esta vida; la familia viene dada y los compañeros de trabajo, aunque no en mi caso, también. Para sostener la amistad es aconsejable compartir afinidades. Cuantas más tienes, más complicidad hay. Tengo un amigo que se empeña en arrastrarme a su modo de vida que pasa casi siempre por actividades de aventurismo. Yo soy contrario a las aventuras de riesgo; a las amorosas no, de esas tengo mi currículo que data de mis tiempos de soltería. En cambio, por las demás no me siento atraído. Nunca he sido un amante del riesgo, e incumplo a rajatabla el perfil del macho intrépido, ese de los anuncios de perfume que abrazan caballerosos a una chica siempre en apuros.

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Mi amigo me llamó por teléfono para animarme a pasar unos días sobrevolando en globo una parte del Amazonas. Debió olvidar que, además de urbanita, tengo mis fobias,  ese trastorno que provoca temor persistente hacia ciertas cosas. A lo del globo le dije que no, porque tengo aerofobia y acrofobia, es decir, miedo a volar y a los grandes espacios. Como el plan proseguía explorando en la selva, le recordé que mis aracnofobia y ofidiofobia, miedo a las arañas y a las serpientes, respectivamente, también suponían un impedimento para sus planes.

Dormir a la intemperie

Él insistía con que al menos una noche la durmiéramos a la intemperie, a lo que le dije que mi nictofobia me lo impedía, también. La voz de mi amigo fue perdiendo entusiasmo a medida que yo le exponía los inconvenientes. Su tono fue languideciendo y la conversación derivó en preguntarme cómo me iban las cosas. A lo que le contesté que regular, que últimamente tenía palpitaciones y que por culpa de mi hipocondría no andaba muy tranquilo. No será nada, me dijo. Ya, le respondí, pero es que por culpa de mi carcinofobia, temor al cáncer, no descansaría hasta hacerme un chequeo. Acabé invitándole a que viniera a vernos al teatro. Y con mucha gracia me dijo. No puedo. Mi coulrofobia me lo impide. ¿Tu qué?, le pregunté. "Mi fobia a los payasos". Que aunque no lo crean, también existe.

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