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IDEAS

Simon and Garfunkel en Central Park.

Una risa de 56 años

Jordi Puntí

El otro día pensaba que una de las cosas que se cargó la revolución digital son los discos en directo, esos conciertos a menudo en doble vinilo. Eran todo un género. Tenían la función de reunir los grandes éxitos y a su vez transmitían esa emoción única del directo. Seguro que hoy todavía se graban discos así, y más si tenemos en cuenta que muchos grupos dependen de las giras para ganarse la vida, pero la paradoja es que el álbum como concepto casi ha desaparecido y, para poderse promocionar, muchos artistas cuelgan gratis sus conciertos en Youtube.

Una de las cosas que se ha cargado la revolución digital son los discos en directo

Es difícil que hoy en día se puedan producir discos míticos como 'The Concert in Central Park', de Simon & Garfunkel, o 'Live at the Apollo', de James Brown, o el 'Paris', de Supertramp. Ahora la música se escucha de una forma más individualista y la experiencia presencial -los gritos de los fans, los aplausos- quizás ha dejado de ser un elemento motivador. Recuerdo que en los años 80 un conocido mío, que en esa época lucía a las melenas y el cuero del heavy metal, viajó a Madrid para ver un concierto de Barón Rojo. Estaba previsto que esa noche de rock duro se grabaría un disco en directo -'Al rojo vivo'- y él quería dejar su huella gritando en alguna pausa del concierto. Al final, sin embargo, no le salió bien: en esa reunión de poseídos todos se desgañitaban como si no hubiera futuro.

Si en el rock lo que cuenta es el griterío, en los discos de jazz en directo impone el silencio. En este sentido mi disco preferido es el 'Complete Village Vanguard Recordings', que recoge las actuaciones que el pianista Bill Evans hizo en la sala de Nueva York el 25 de junio de 1961, acompañado del bajista Scott LaFaro y el batería Paul Motian. Como la gente iba al Village Vanguard a tomar copas, es normal que de fondo se oiga un rumor de conversaciones y vasos entrechocando, que dan a la música un aire más vital. Hay un momento en que el Bill Evans Trio intepreta 'I love you, Porgy', una versión maravillosa, y hacia el final de la canción se oye la risa de una chica. Hoy esa risa divertida que tiene 56 años ya me parece inseparable de la música, de la emoción del momento, y estoy enamorado de ella.
 

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