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El futuro del planeta

Cambio climático y geoingeniería

Mariano Marzo

Las nuevas técnicas para dar respuesta al calentamiento global pueden exponer al mundo a riesgos


El Acuerdo de París de diciembre del 2015 pretende limitar el aumento de la temperatura del planeta a 1,5 o 2 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales. Sin embargo, hoy sabemos que alcanzar tal objetivo va a requerir unos esfuerzos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero mayores de los asumidos por la comunidad internacional con la firma del mencionado acuerdo. Este desafío está propiciando un interés creciente por las tecnologías de geoingeniería climática. Estas pretenden alterar de forma intencionada el clima del sistema Tierra, como parte de la respuesta de los humanos a la amenaza del calentamiento global.

Existen dos tipos principales de tecnologías de geoingeniería climática para enfriar el planeta. Una, conocida por CDR (de carbon doxide removal), pretende eliminar el exceso de dióxido de carbono en la atmósfera, y para ello contempla básicamente la reforestación de zonas terrestres y la fertilización de los océanos para estimular la producción de fitoplancton. La otra, denominada SRM (de solar radiation management), aspira a gestionar la radiación que incide sobre el globo terráqueo, reflejando la luz del sol e incrementando el albedo mediante, por ejemplo, la inyección de aerosoles sulfatados en la estratosfera.

Implementación a gran escala

La geoingeniería climática no obvia la urgente necesidad de reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero, ni la de adaptarse a las ya inevitables consecuencias del cambio climático. Sin embargo, algunos científicos creen que la geoingeniería podría ayudar a reducir significativamente los excedentes de gases contaminantes en la atmósfera y a minimizar los impactos potenciales del calentamiento global. El problema reside en que el uso de estas tecnologías podría exponer al mundo a nuevos riesgos, algunos conocidos y otros no tanto.

Para lograr los efectos deseados, las tecnologías CDR necesitarían ser implementadas a gran escala, de modo que la ocupación de territorio requerida podría ser inmensa, repercutiendo sobre los precios de los alimentos y la seguridad alimentaria a nivel global. Asimismo, desde una perspectiva ambiental su aplicación podría comportar la pérdida de biodiversidad, la contaminación por pesticidas y la perturbación del balance ecológico de los océanos. En todo caso, el mayor riesgo a corto plazo sería el derivado de un despliegue unilateral, por un solo país o un grupo de ellos, de las tecnologías SRM. Los impactos de tal despliegue, reales o percibidos, podrían desestabilizar a un mundo ya inmerso en un proceso de cambio acelerado, de modo que solo una gobernanza global efectiva podría reducir este riesgo. La investigación en el ámbito de la SRM está todavía en su infancia, pero los principales desafíos que esta tecnología debe superar pertenecen al campo de la ética y la gobernanza.

Es necesario un marco internacional

Desde el 2009, diversas organizaciones (entre ellas la Unión Europea) han venido insistiendo en la necesidad estratégica de contemplar la oportunidad de utilizar políticas de geoingeniería climática, poniendo al mismo tiempo un especial énfasis en que su posible despliegue vaya acompañado de una gobernanza global efectiva. Sin embargo, hasta la fecha las recomendaciones de dichos organismos han sido ignoradas (con apenas excepciones) tanto por gobiernos nacionales como por organismos intergubernamentales, de modo que en la actualidad no existe un marco internacional que gobierne la aplicación potencial de las tecnologías emergentes comentadas.

Este marco resulta imprescindible, porque las incógnitas a despejar a propósito del uso de técnicas de geoingeniería son múltiples y variadas. ¿Cómo las evaluarían los gobiernos si los beneficios potenciales para el conjunto del planeta compensan los riesgos que representan para algunos países o regiones? ¿Cómo deberían abordarse los asuntos transfronterizos e intergeneracionales? ¿Cómo toleraría el actual statu quo internacional los cambios geopolíticos inducidos por la geoingeniería climática? ¿Cómo lograr que el despliegue de estas nuevas tecnologías no acabe por socavar la voluntad política de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero?

El uso de la geoingeniería climática tendría consecuencias a escala global y, por tanto, su viabilidad debe ser analizada y discutida por los gobiernos de todas las naciones en el seno de instituciones intergubernamentales, incluyendo las Naciones Unidas. El mundo se encamina aceleradamente hacia un futuro plagado de riesgos, y es hora de empezar a actuar con mentalidad planetaria. 

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