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Análisis

Carles Puigdemont, durante su conferencia en el Parlamento Europeo.

ACN / LAURA POUS

El equívoco encanto de la autocrítica

Luis Mauri

¿De dónde bebe el euroescepticismo de Puigdemont? ¿Del resentimiento? ¿De una conversión eurófoba? ¿Del alejamiento?


La Inquisición, el estalinismo y la Revolución Cultural maoísta convirtieron la autocrítica en un concepto tétrico. Millones de víctimas inermes descuartizadas en el potro, carbonizadas en la hoguera, fusiladas, enterradas en vida en los gulag siberianos o liquidadas por los guardias rojos de Mao y la Banda de los Cuatro. La vileza, sin embargo, no residía en la idea de autocrítica. En ninguno de esos casos aberrantes hacías autocrítica, te la hacían. Sumariamente. 

La autocrítica es otra cosa. Bien entendida, sin pretextos represivos ni cilicios masoquistas, como método de aprendizaje y evolución, la autocrítica es un ejercicio válido en muchos aspectos de la vida a poco que intentes ser honesto con los demás y contigo mismo.

La política, sin embargo, suele ser terreno refractario a la autocrítica. Aquí se lleva más la embestida contra el rival que la asunción de la más mínima responsabilidad propia. Es cierto que una campaña electoral o su antesala no son los mejores momentos para que los partidos se entreguen a la autocrítica, con la de días que tiene el año. Lo malo es que en el mercado político nunca parece llegar la ocasión propicia.

Realidad mágica

El fiasco de la DUI, por ejemplo. Estaba desnuda, era poco más que una impostura, una realidad mágica que dio pie a varias realidades terrenales: la intervención estatal de la Generalitat, el traslado nominal de más de 2.000 empresas y el desdén de la comunidad internacional. El fracaso ha sido de tal magnitud que, incluso en puertas de una cita electoral, han aflorado algunas autocríticas en el bloque independentista. Y no solo procedentes de personas encausadas por la justicia. 

Pero alguna regla de la biología política establece que cada expresión de autocrítica genera de forma instantánea un anticuerpo cuya misión es tapar o al menos limitar el impacto de la primera. Después de que los posconvergentes Vila Xuclà y el republicano Tardà admitiesen con mayor o menor claridad e intensidad lo inadecuado de la velocidad o los plazos del' procés', Rovira inoculó el anticuerpo copando el debate público con la tres veces desmentida amenaza gubernamental de un baño de sangre

Rejón de castigo

Días después, la autocrítica fue reiterada por Mas y Campuzano. Solo unas horas más tarde, el anticuerpo lo administraba Puigdemont con un rejón de castigo a la UE. El coqueteo eurófobo del 'president' depuesto resultó tan opuesto a la tradición del catalanismo político y del nacionalismo catalán –que no son la misma cosa pese al afán uniformizador del segundo–, que Puigdemont se ha visto obligado a rectificar.

¿De dónde bebe el euroescepticismo de Puigdemont? ¿Del resentimiento personal por el desaire de Europa? ¿De una caída del caballo eurófoba inspirada en los apóstoles populistas del 'brexit' o del lepenismo? ¿Del alejamiento de la realidad del país del que huyó? Esta desconexión era frecuente en el exilio antifranquista, pero surtía efecto tras años de extrañamiento. Puigdemont solo lleva un mes fuera de casa; eso requeriría disponer de una capacidad ciclópea para enajenar la realidad.