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 La comitiva del Papa circula por las calles de Rangún.

EFE / LYNN BO BO

Diplomacia vaticana

Pere Vilanova

Unas precisiones previas. La religión católica, con una organización estructurada de modo muy vertical y eficiente, cuenta con una sólida ventaja sobre las demás religiones a la hora de evaluar su influencia en la política internacional, y es que es un Estado soberano internacionalmente reconocido. No puede ser miembro del Consejo de Europa, por ejemplo, pues sus instituciones de Gobierno no cumplen los requisitos (pluralismo de partidos, elecciones competitivas, separación de poderes), pero es miembro de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) y tiene un estatuto especial en Naciones Unidas.

Además, su líder, el Papa, es además la cabeza visible de una religión que cuenta con casi 1.300 millones de fieles a lo largo y ancho del planeta. Por ello, cuando el Papa viaja, cosa que a comienzos del Siglo XXI es mucho más factible que hace cien o mil años, debemos analizar si lo hace como un líder espiritual transnacional, o como Jefe del Estado, lo cual conlleva obligaciones y deberes de la diplomacia internacional.

Conviene recordar, por si fuera poco, que el Papa Juan Pablo II, con su largo papado de un cuarto de siglo, viajó más que todos sus antecesores juntos desde San Pedro, y cuando viajaba a Polonia ponía una presión considerable sobre el régimen comunista de los años 80. Por ello, ni China ni la Unión Soviética permitieron nunca una visita papal, por temor a una operación de proselitismo, y el recelo sigue con la China actual e incluso con Rusia, pues el Patriarca de Moscú lo ha vetado.

Complejas relaciones

Mirando al pasado, cabe también recordar las complejas relaciones -por decirlo de modo prudente—del Vaticano con el régimen de Hitler, mientras que el papado se llevó muy bien con Franco, hasta que el reformista Pablo VI, en los años sesenta y setenta, marcó claras distancias contra las últimas ejecuciones de septiembre de 1975.

Por ello, todavía cuesta más entender algunos aspectos del reciente viaje del papa Francisco a Myanmar, país que con sólo un 1% de población católica no es terreno favorable, y muchos critican que frente a la violencia contra los Rohinyá no haya dicho casi nada. Su diplomacia sabía que así sería, este tipo de viajes se pactan al milímetro. Sería fantástico saber que se han dicho el Papa y los militares, y sobre todo los diplomáticos de uno y otros mientras preparaban la visita, pero la parte más interesante de la Diplomacia es secreta.

Por tanto, es poco creíble que un Papa como Francisco se haya arrugado a última hora. Probablemente le ha parecido que era mejor ir, y hacer una declaración genérica sobre minorías, que no ir y dejar a los rohinyás a su desgraciada suerte. Y poner ante su responsabilidad a la señora Aung San Su Ky, que con su silencio total y absoluto ha desprestigiado su más que merecido Premio Nobel de la Paz. Lo que se está haciendo con esa minoría es una “limpieza étnica” de manual.