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NEGARÉ QUE LO HE ESCRITO

La vida empata. La vida siempre empata. Y al gran empate final es lo que llamamos muerte. Los sabios hablan de equilibrio, pero yo prefiero hablar de empate. Mira a tu alrededor, la naturaleza nos colocó desde un principio en un eterno empate en el que todo encajaba. Fue cuando el ser humano trató de ganar siempre, cuando empezó a joderse el medio ambiente, el planeta y el orden natural; dicho de otro modo, cuando una especie se hace con el control, todo lo demás se descontrola.

Por eso, cuanto más mayor me hago, más pequeño me siento. Por eso, cuanto más aprendo, menos sé. Por eso, cuanto más voy por la vida de listo, más tonto demuestro ser. Por eso, cuanto más amigos tengas, menos amigos serán. Por eso, cuanto más hablo, menos expreso. Por eso, comunicar consiste cada vez más en saber escuchar. Por eso, cuanto mejor conozcas lo que es el odio, mejor podrás amar. Por eso, cuanto mejor te quieras a ti mismo, mejor querrás a los demás.

Alguno diría que se trata de paradojas, yo creo que son empates que nos da la vida para que nos demos cuenta de que donde no hay empate, hay desequilibrio, caos, desigualdad. Si te das cuenta, un desempate de nuestro organismo es lo que llamamos enfermedad. De pronto los virus ganan el encuentro por goleada y todo lo demás se va a la mierda.

Para cada yin de un Govern acorralado por sus errores, encontramos un yang igual de torpe del Gobierno central

Negaré que lo he escrito, pero aunque a algunos todavía no les guste, también la política es un juego de suma cero. Para que unos ganen algo, otros lo tienen que perder. Si los ricos no pagan más, los pobres no pueden estar bien atendidos. Si la iniciativa privada no atiende a los más vulnerables, cualquier estado que se precie lo hará. O como mínimo eso es lo que pensamos los que aún creemos en el estado del bienestar.

Cuando la política no suma cero, la vida no empata y eso es –de alguna forma– un fracaso colectivo, de toda la sociedad. Es lo que ocurre cuando nuestros representantes fracasan en el noble arte de negociar. Puede que a corto plazo te reporte algún beneficio, pero a medio y largo plazo, estás condenado a fracasar. B. C. Forbes, fundador de la revista que lleva su nombre, lo dejó plasmado de manera cristalina y meridiana: "Todo negocio que no es rentable para la otra parte acabará por no serlo para ti. Únicamente un negocio que conduce a la satisfacción mutua puede ser renovado". Sí, ya sé que él hablaba de negocios, pero qué mayor y mejor empresa que la de gestionar el bien común. Un pacto que se tiene que poder renovar todos los días, o que si no no existe, no hay tal. Sin convivencia pacífica y estable, la sociedad se resquebraja, hace aguas, se nos va.

Lo digo porque veo todavía a demasiada gente que se toma la situación en Catalunya como si fuese un clásico, como si se tratase de un Barça-Real Madrid. Aquí ya no se trata de empatar nada, sino de machacarlos, de un "a por ellos", de un "adéu Espanya", de dejar a la otra parte peor de lo que estaba, de superarla por goleada o de dejarla tirada en la estacada, por no hablar de los que la quieren humillar. Y la historia ha demostrado demasiadas veces lo contraproducente que resultan las humillaciones colectivas, como ejemplo extremo y paradigmático ahí tenemos el Tratado de Versalles, el que fuera según los historiadores germen de la segunda guerra mundial.

Aquí no estamos ni mucho menos en ésas, pero creo que ya se han cometido suficientes errores por ambas partes como para tener que sentarse en una mesa y ponerse a… empatar. Por un lado, declaraciones simbólicas de república que duran ocho segundos. Por el otro, lanzar una dura acción policial contra gente que sólo quería votar, de manera imperfecta y sin avales ni garantías, pero al fin y al cabo, votar. Prisiones preventivas que no ayudan precisamente a fomentar la idea de la separación de poderes. Fugas y acusaciones trasnochadas como si viviésemos en un régimen dictatorial. Blah blah blah.

Y así nos luce el pelo hasta ahora, francamente, así nos va. Para cada yin de un Govern acorralado por sus propios errores, encontramos un yang igual de torpe del Gobierno central y viceversa. Y como ocurre siempre, la suma de torpezas conduce a una chapuza permanente. Y la chapuza permanente lo único que fomenta es la frustración colectiva de unos y otros, encima acentuada por una creciente inestabilidad.

De todos modos, lo más triste no es eso, lo más triste es que nadie lidere públicamente la opción del empate en esta liga regular. La de ceder dos puntos para que todos ganemos uno. Ése es –o debería ser– el auténtico triunfo de una sociedad civilizada. Ése es –o debería ser– el verdadero triunfo de una pareja bien avenida. La capacidad de saber que ganas puntos sólo cuando el otro los gana porque tú se los cedes, cuando ninguno sale victorioso de cualquier conflicto, porque los dos sois conscientes de que ese conflicto os ha servido para avanzar.

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