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Geometría variable

La nube catalana y la derrota de la EMA

Joan Tapia

En los últimos tiempos en Catalunya hemos acumulado puntos negativos


Que Barcelona fuera la sede de la Agencia Europea del Medicamento (EMA), que abandona Londres por el brexit, no era pan comido pese a la ingenua creencia de que somos el centro del universo. Teníamos puntos favorables –un sector farmacéutico potente y una ciudad a la vez conectada y atractiva–, aunque Amsterdam, Milán y Bratislava no eran el culo del mundo.

Pero ser eliminados de entrada, en la primera vuelta, ha sido un mazazo. La clave es que en los últimos tiempos hemos acumulado puntos negativos. El primero fue olvidar que los grandes logros de Barcelona –desde los Juegos del 92 a la sede mundial del móvil– se consiguieron con esfuerzos y la complicidad (no la foto oportunidad) de tres administraciones: el Gobierno del Estado, la Generalitat y el ayuntamiento. Que el president de la Generalitat asegurase en Harvard que España es una democracia tarada, a la turca, y que apadrinase una sonada declaración de independencia que duró una tarde, que el Estado destituyera luego al Govern, y que una parte de él se refugiase en Bruselas y otra esté en prisión incondicional, esperando que el sumario pase al Tribunal Supremo, no parece nada ordenado o sofisticado. Todo lo contrario del clima armónico que se visualizó –y subyugó al mundo– cuando el rey Juan Carlos inauguró los Juegos, se oyó el Amigos para siempre y el entonces joven príncipe Felipe desfiló con la bandera (española) en el estadio de Montjuïc.

Además, la independencia nos habría dejado –según todos los organismos europeos– fuera de la UE. ¿Era sensato pretender ser sede de una agencia europea cuando cabía la posibilidad, aunque fuera pequeña, de que Catalunya, al menos provisionalmente, no estuviera en la UE? No cabe en ninguna cabeza mínimamente amueblada.

La UE, un pacto entre estados democráticos

Sigamos. ¿Era lógico que Barcelona quisiera convencer de ser una sede adecuada para la EMA cuando más de 2.000 empresas –empezando por Caixabank y el Banc Sabadell– acaban de externalizar su sede por falta de seguridad jurídica? Cuando los de casa –con dos personas de demostrado compromiso como Isidre Fainé Josep Oliu al frente– han juzgado que la opción menos mala era ponerse a cubierto de la tormenta, es de somiatruites e incompetentes pensar que los de fuera quedarán prendados por la torre Agbar y la cercanía del Maresme.

Por último, si Barcelona quería dar una imagen de solidez, el pecado mortal era pasar de un gobierno minoritario de 15 concejales (sobre 41) a otro todavía más minoritario de 11 (sobre 41). Y menos que la causa alegada fuera que el PSC –que está asociado con el segundo partido español, la única alternativa real al Gobierno del PP– no secundase a los independentistas que despreciaron totalmente la Constitución de un Estado miembro –de un socio– de la UE.

Algunos en Catalunya viven en su propia nube. Legítimo. Lo absurdo, e infantil, es creer que los valores de esa nube son mejores y pesan más que el difícil pacto entre estados democráticos –imperfectos, por supuesto– que rige la Unión Europea.    

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