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Dos miradas

Ariadna Gil y Gonzalo Cunill, en una imagen promocional de Vània

ALBA PUJOL

El amor y el desamor, el vacío, la mezquindad y la bondad se ejecutan a cámara lenta ante 60 espectadores

Àlex Rigola ya lo consiguió con Ivanov y ahora ha vuelto a hacerlo con Vania. Escenas de la vida. Ir a la raíz. Olvidarse del entorno y concentrarse en el interior. Hacer de Chéjov un contemporáneo radical que nos habla, a todos nosotros, desde la desolación pero también desde la misericordia. ¿Qué nos queda, después de la tristeza, de la derrota, sino seguir viviendo, como hacen el tío Vania y su sobrina Sonia? A pesar de todo. En este montaje, estrenado en Temporada Alta y que se podrá ver hasta enero en Madrid, Rigola cierra a público y actores en un espacio reducido, "en la búsqueda de la esencia de Chéjov en una caja de madera". ¿Y qué pasa en esa caja donde irremediablemente todo se desvanece? La vida.

La incertidumbre y la verdad

¿Es siempre la verdad menos dolorosa que la incertidumbre? No. La incertidumbre (por vaporosa y débil que sea) promueve aún la esperanza, mientras que la verdad permanece y es cruel y despiadada. Cuando la sabe, Irene Escolar, que es una actriz colosal, llora. Nunca olvidaré los ojos donde son perlas sus lágrimas ni tampoco las lágrimas de Luis Bermejo, el Vania que sabe que ya no hay ilusiones ni un futuro para la felicidad sino una intensa, insondable melancolía.

El amor y el desamor, el vacío, la mezquindad y la bondad se ejecutan a cámara lenta ante 60 espectadores que observan ojos y rostros y lágrimas y esperanzas vanas. Cojan el AVE o el coche o el avión y no se pierdan esta delicada cirugía del desconsuelo.

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