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Robert Mugabe y su esposa, Grace, en un evento deportivo en Zimbabue el pasado mes de junio.

AP/ TSVANGIRAYI MUKWAZHI

El fin del dinosaurio (parece)

Ramón Lobo

Lo más sorprendente del aparente golpe contra Robert Mugabe es que haya tardado tanto. En sus 37 años en el poder ha gobernado Zimbabue, uno de los países más ricos de África, como si fuera una finca en la que él y los suyos se han enriquecido a espuertas dejando a la mayoría de la población sumida en la miseria. Ha sido -si es que podemos hablar ya en pasado- un régimen cleptocrático que merece un lugar de honor en la historia de la infamia.

Hubo una época que Mugabe fue un jefe guerrillero respetado. Mantuvo su aura de padre de la patria y de icono de las Áfricas emancipadas desde el 1980, cuando el Reino Unido concede la independencia a Zimbabue a través de los acuerdos de Lancaster House, hasta el 2000.

Fueron 20 años de luces y sombras, como la matanza de ndebeles de la guerrilla rival de Joshua Nkono en el 1983. La economía gozaba de una excelente salud, el país se llenaba de turistas deseosos de ver las cataratas Victoria y exportaba tabaco y alimentos. Mugabe tenía la estatura de los grandes, como el tanzano Julius Nyerere, el ghanés Kuame Nkrumah o el sudafricano Nelson Mandela.

El año 1998 marca el principio del desastre. Para entender mejor el marco es necesario retroceder a 1994, al genocidio en Ruanda: más de 800.000 tutsis y hutus moderados fueron asesinados por el Gobierno de Kigali, que estaba en manos del Poder Hutu, unos extremistas con excelentes relaciones con Francia.

Fueron tres meses de matanzas que finalizaron con la caída de ese Gobierno, expulsado por una guerrilla tutsi procedente de Uganda que ya ocupaba el norte del país: el Frente Patriótico Ruandés de Paul Kagame, el hoy presidente de Ruanda.

Francia evacuó a sus amigos pese a ser unos genocidas en la llamada 'Operación Turquesa', una mascarada vestida de acción humanitaria. El Poder Hutu arrastró en su huida al vecino Zaire (hoy República Democrática de Congo) a dos millones de hutus asustados que se asentaron en campos de refugiados cerca de las fronteras de Ruanda. Desde esos campos prosiguieron las incursiones. El Poder Hutu manejaba la ayuda humanitaria, una parte servía para dar de comer a los dos millones de refugiados y otra para comprar armas e los mismos países que enviaban ayuda. Kagame acabó con esto a finales de 1996. Colocó al frente de una rebelión congoleña a Laurent Kabila, a quien en los años 60 el Che Guevara dio por inútil para la revolución.

La mano de EEUU

Ese movimiento estaba apoyado por EEUU. Washington pugnaba por desplazar a Francia del negocio de los minerales en el centro y sur de África. Mobutu, otro aliado de París, perdió el poder en mayo de 1997. Un año después, los antiguos patrocinadores de Kabila (Ruanda y Uganda) decidieron darle un golpe de Estado. Fue el 1 de agosto de 1998. Su fracaso desató una Guerra Mundial Africana con nueve países en liza. El Zimbabue de Robert Mugabe se alió con Kabila. A cambio recibió concesiones mineras en la provincia de Katanga. La aventura congoleña le costaba a Zimbabue un millón de dólares al mes, cantidad que no se compensaba con los minerales porque esa cuenta iba a los bolsillos de Mugabe y sus amigos.

Zimbabue entró en crisis económica y la población empezó a dar muestras de descontento que se plasmaron en la derrota de Mugabe en el referéndum para la reforma constitucional en el año 2.000. El autócrata entendió el mensaje: se acabaron las elecciones más libres, lanzó una dura represión contra la oposición y cambió leyes para expropiar las mejores tierras del país a los granjeros blancos. Los acuerdos de Lancaster House de 1980 les protegían durante 20 años.

La expropiación masiva fue una cortina de humo. Las tierras pasaron a sus hombres, muchos de ellos sin experiencia agrícola. Era la forma de comprar lealtades. La producción se hundió y el país que exportaba alimentos empezó a pasar hambre.

Estos últimos diez años, Mugabe ha intercambiado la mano dura con el trilerismo qua acabó desbaratando cualquier oposición. El cambio ahora es que Mugabe, que ha cumplido 93 sin que ninguna providencia le tenga en sus planes celestiales, pretendía colocar a su esposa Grace Mugabe como vicepresidenta, y heredera in péctate. Grace es más corrupta que su marido, pero además es antipática, sin pasado heroico y muy impopular.

El Ejército ha aprovechado la trifulca en el seno del partido de Mugabe para cerrar una etapa. Como en todos los golpes promete estar en el poder un periodo breve de tiempo, limpiar el poder de corruptos y convocar elecciones. Se verá. Zimbabue, pese a su colapso de los últimos 20 años, sigue siendo un país goloso para los depredadores, sean políticos o económicos.