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Al contrataque

'Dîner en ville'

Milena Busquets

¿Os acordáis de cuando en las cenas hablábamos de relaciones, de películas, de libros?


Hay una cosa que a los escritores les gusta más que contar historias: que se las cuenten. Después, por medio del talento y de la imaginación, transforman lo que ven, viven y las explican en una estructura narrativa que, si tienen suerte, atrapa al lector. En este sentido, la actualidad política tal vez esté resultando un poco decepcionante. 

Te invitan a una cena en la ciudad, te vistes con esmero, compras flores o bombones y te diriges feliz (ya que se trata de amigos de verdad) hacia la casa de los anfitriones mientras te preguntas cómo estarán y qué novedades tendrán.

De repente, nada más sentarse a la mesa, alguien exclama: «¿Sabéis qué? ¡Mi hermano se ha hecho indepe!» con el mismo tono de horror que utilizaría para informarnos de que su hermano se ha hecho narcotraficante o de que ha ingresado en una secta peligrosa. Y otro amigo, con los ojos desorbitados, responde: «¿En serio? No puede ser. Si era muy normal…».  Entonces, una chica que está sentada al otro lado de la mesa, añade, suspirando con pesar: «Yo lo siento muchísimo por sus hijos. Eran monísimos». 

Al cabo de un rato, me doy cuenta de que hay una pareja en un rincón del salón susurrándose cosas al oído y pienso, llena de esperanza y de ilusión: «Tal vez se estén confesando crímenes terribles o se estén contando secretos emocionantes o estén jugando a decirse obscenidades». Pero cuando me acerco como una escritora sigilosa, veo que no: también ellos están hablando del procés.

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Al cabo de una semana, decido darle otra oportunidad a la vida social barcelonesa y acepto la invitación a cenar en casa de otros amigos. Nada más entrar, alguien exclama: «¿Sabéis qué? El otro día estuve con Pepito y ¿sabéis lo que me contó?». Yo, conteniendo a duras penas la impaciencia, empiezo a imaginar posibilidades interesantes: tal vez Pepito se haya dado cuenta de que le gusta vestirse de mujer, o tal vez haya abandonado a su maléfica esposa, o quizá haya empezado a escribir una novela. Pero en vez de eso, mi amigo dice: «¡Fue a la manifestación de los unionistas!» con el mismo tono espantado con el que mi otro amigo nos habían informado la semana anterior de que su hermano se había vuelto indepe. Y un escalofrío de pavor recorre la reunión. 

Charlas olvidadas

Cuando mis amigos se han recuperado un poco del impacto de la noticia, con un hilillo de voz, digo: «¿Os acordáis de cuando en las cenas hablábamos de relaciones, de películas, de libros?» Y el anfitrión responde: «Ya, ya, ¡pero nunca adivinaréis quién ha colgado una bandera española en su balcón!».

Total, he decidido no volver a aceptar ninguna invitación de dîner en ville hasta después de las elecciones. Así no hay quien escriba una novela.
 

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