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IDEAS

El hombre que casi conoció a Chiquito

Miqui Otero

Si no hubiera tomado esa última cerveza la noche antes, hoy podría presentarme como el hombre que conoció a Chiquito de la Calzada.

Estaba en Málaga con tres amigos músicos, invitados para hacer una lectura de mi última novela. Habíamos pactado que iríamos al restaurante Chinitas, donde nuestro ídolo comía cada día, pero nos sonó el despertador tarde o mal y nos perdimos en tres rotondas. Cuando, "con más nervios que un filete de cinco pesetas", llegamos, el camarero nos dijo que Chiquito había abandonado su mesa habitual 15 minutos antes. Añadió que había estado explicando chistes a unos niños. Posamos delante del retrato que presidía el comedor.

Aquel día le habría dicho que es la gente que no es de nadie la que es de todos

Como aquel día, llego tarde a presentarle mis respetos. Con Chiquito no importaba cómo acababan los chistes, aunque su final nos importe ahora tanto. Aquel día le habría dicho que es la gente que no es de nadie la que es de todos. Que su risa no solo es popular, sino también democrática. Que es el verdadero guardián del ritmo, manejo de emoción, verdad, risa. Que si tenía razón ese tal Flaubert y el estilo es una forma de ver el mundo, él es capaz de crear planetas. Elogiaría sus camisas Paisley Underground, constelaciónes de color, e incluso le preguntaría cómo las plancha. A él, la persona que más me ha hecho reír, le citaría 'El nacimiento de la tragedia', de Nietzsche: "La esencia de la naturaleza debe expresarse no solo con el simbolismo de la boca, del rostro, de la palabra, sino con el gesto íntegro del baile, que mueve rítmicamente todos los miembros". Por eso él representa lo que el mundo tiene de bello por absurdo y de absurdo por doloroso.

Cuando alguien importante se va, tendemos a verlo en todos los sitios: semáforos, colas del cine, salas de espera. Chiquito dejó tantos imitadores que es fácil reconocerlo en mil cenas y escenas. Hace diez segundos, mi hijo de cinco meses, cocoliso espasmódico como él, ha enunciado cuatro palabras en ese idioma (consonántico y libre) que solo manejan bebés y genios. Lo he mirado a los ojos y le he dicho lo único que en realidad habría podido decir en Málaga el día que casi conocí al genio de la Calzada: "Gracias, Chiquito". Os juro que ha contestado: "Jarl".

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