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Los paralelismos históricos del 'procés'

Puigdemont, Junqueras y Companys

Joan Tapia

Hay que preguntarse si toda la crispación acumulada y energía derrochada han tenido algún sentido


Acabo de releer Tot s’ha perdut (Biblioteca del Catalanisme, RBA), la selección de sugestivos artículos sobre Catalunya escritos por Gaziel, director de La Vanguardia hasta 1936. La situación actual con el artículo 155 en vigor tiene similitudes –aunque es menos dramática– con la de finales de 1934, cuando el parlamento de la República suspendió el Estatut tras la breve rebelión de Lluís Companys el 6 de octubre de aquel año. Lo que más sorprende es que gran parte de las reflexiones de Gaziel sobre los errores del catalanismo y del independentismo conservan una rabiosa actualidad. Afortunadamente los hechos del 2017 son menos graves –por ejemplo no ha habido derramamiento de sangre– que los de entonces, pero se comprenden mejor con el paralelismo histórico.

Empieza Gaziel el último artículo –el de mayor consternación– con esta frase: «Todo se ha perdido, incluso el honor». Demasiado grandilocuente para lo que sucede hoy. Aunque cuando hemos visto a la presidenta del Parlament aceptar el artículo 155 y declarar que la independencia del viernes 27 de octubre fue algo «simbólico», es inevitable preguntarse si toda la crispación acumulada y la energía desperdiciada en los años del procés (desde que Artur Mas, cual mesías, pidió la mayoría excepcional) han tenido algún sentido.

Y mas allá de frases grandilocuentes parece que no, pues la última encuesta conocida, la de GAD3 del pasado domingo, dice que el 58% de los catalanes (contra el 27%) cree que Catalunya ha salido perdiendo en los cinco años de procés. Y el 68%, cree que ha afectado a la convivencia social.

Dos mitades

Son claros estos porcentajes y hay otros que indican que la independencia divide a los catalanes en dos mitades prácticamente idénticas. Un estudio del CEO de la Generalitat –nada sospechoso de españolismo– de julio pasado decía que el 48%, contra el 41%, no deseaba la independencia. Otro más reciente, que el 49% la quiere pero el 43% no. ¿Se pueden tomar decisiones serias de futuro con un país tan partido? Es la crítica de fondo que hago, no ya a los independentistas –que con lo sucedido en los dos últimos meses basta– sino a algunos políticos a los que respeto y aprecio –Antoni Castells y Montserrat Tura, pero también Carod-Rovira– que han firmado un manifiesto en el que sostienen que la solución es un referéndum pactado, elegante forma de desmarcarse del 27 de octubre. Pero, ¿un referéndum con un país partido –sin que ninguna de las dos partes llegue al 50%– puede ser una solución razonable y fructífera? 

En otro artículo de autocrítica sobre los catalanes, Gaziel afirmaba: «Aristóteles decía que el hombre es un animal político. Lo dijo porque no conocía a los catalanes». Se pasó un poco, desde luego. Pero sigamos su reflexión: «Ahora estamos viviendo la historia de Catalunya y se nos aclaran, en el dolor y la congoja, cosas que parecían inexplicables. No es verdad, no, que haya pueblos con suerte y pueblos sin ella. No hay mas que pueblos que saben entenderse y pueblos que no se entienden».

Saber entenderse. Gaziel señala el origen del mal catalán en el fraccionamiento interior. ¿Se puede imaginar a un buen nacionalista alemán con votos detrás –no a un marginal– acusando en el 2017, no en 1933, a los representantes de la mitad de los alemanes de ser botiflers y vendidos a una potencia extranjera? Aquí pasa, y si repasamos los discursos de García Albiol vemos que no solo en un sentido. Los catalanes no padecemos solo la falta de entendimiento con España –que también y no pretendo relegarlo–, sino de honda división interna y de escaso respeto entre las dos mitades. Y mientras no lo arreglemos no seremos escuchados. Ni en Madrid ni en Bruselas. Tarradellas lo vio y por eso abogaba por una unidad racional, de intereses –no mística–, de las fuerzas catalanas. Pero aquí han primado las ambiciones presidenciales y el reparto de poltronas. 

Camino a la Audiencia

Hemos ido demasiado lejos. Hasta donde, aunque fuera por un mínimo de estética, nunca deberíamos haber llegado, al ridículo que solo lleva a la Audiencia Nacional. ¿Solución? Solo quiero dar hoy un consejo. A los políticos injustamente encarcelados el deseo de una rápida libertad y que lean –si es preciso con el permiso del fiscal Maza– los 280 folios de la selección de artículos de Gaziel que Jordi Amat sacó del inmerecido olvido. Y a los que en libertad se preparan para una dura y atípica campaña electoral, la prescripción es la misma: Gaziel y el fracaso del autogobierno en la segunda república. Si lo leen –y lo asimilan– los ciudadanos ganaremos.
 

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