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ANÁLISIS

Lista única y despropósitos

Xavier Bru de Sala

La partida del 21-D, aún está lejos de decidirse. Se la llevará quien se afane más en subsanar sus dislates

Ahora que se cumplen 40 años y 400 títulos de la colección Narrativas históricas de Edhasa, quizás es momento de recordar la tesis que subyace en la mayor novela de todos los tiempos, 'Guerra y paz'. Mucho antes que Toynbe, aunque con menos detalle, Tolstoi concibe la historia como una serie de vaivenes, de flujos y reflujos que surgen quién sabe de dónde, se expanden y terminan por retroceder.

A la luz de esta concepción, parece que las reservas de energía independentista se agotan por momentos. Los militantes de la ANC se quejan, la confusión y la incertidumbre se infiltran en lo que hasta hace poco era determinación. Los augurios amenazan la mayoría. Se supone que el constitucionalismo avanza en todos los frentes mientras se van encalmando las aguas del tsunami independentista. Quizá sea solo un temor. 

La partida del 21-D, aún está lejos de decidirse. Se la llevará quien se afane más en subsanar sus despropósitos. La represión no es buena para el Estado. El soberanismo se presenta desprovisto de cualquier esbozo de programa que no apele a la resistencia, la defensa y la emergencia nacional. ¿Es posible eternizar la emergencia? ¿Y si sueltan a los presos durante la campaña electoral, entonces qué?

El escollo de la división

La idea de la lista única topa con el enorme escollo de la división de JxSí. A lo largo de la legislatura el maximalismo unió a las fuerzas independentistas, pero al final Puigdemont chocó con la rebelión de parte de los suyos cuando pretendía el aterrizaje suave de las elecciones. Victoria póstuma de los antiprocesistasDUI155, la presente partida de ajedrez jugada con guantes de boxeo.

Constatada la división, la lista única solo tendría sentido si el programa pasara de máximos a mínimos. Solo dejar constancia, en este final de etapa, del apoyo a la idea del Estado propio. Esto y nada más. Ni siquiera investir presidente. Un contador final, y al cabo de tres meses sin presidente, elecciones normales y retorno a la política de los políticos, no de las masas. Lo que se producirá igualmente, pero enseguida, sin la lista única.

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