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NEGARÉ QUE LO HE ESCRITO

Cuando hablo de mi país

Risto Mejide

Cuando hablo de mi país lo hago con miedo. Primero miro que no haya mucha gente escuchando. No por nada, sino porque no quiero herir demasiadas sensibilidades a la vez, aparte de que debo estar muy atento a las señales ajenas. Señales que me digan que no voy bien. Caras que esperan algo de mí, y que nunca descubro de qué se trata hasta que ya es demasiado tarde y las decepciono. 
Y es que cuando hablo de mi país, ocurren cosas extrañas. Si me refiero a Catalunya, alguien siempre me interrumpe inmediatamente para decirme que Catalunya no es un país. Tendrá razón, seguramente, pero oiga yo lo siento así. Así que me pregunto por qué no me deja llamarle como me dé la gana. Parece que por el hecho de llamarlo país, pasase automáticamente a serlo. Como si mis palabras tuvieran algún tipo de fuerza jurídica, como si sentase jurisprudencia algo de lo que yo diga o haya dicho jamás. Oiga, que a Catalunya también la llamo mi casa y nadie me pide que le enseñe el juego de llaves. No entiendo, la verdad que no sé.

El nacionalismo ganó la partida
el día en que
dejó los datos
de lado y empezó a apelar a la emoción

Pero es que si me refiero a España, también estoy jodido, porque soy igualmente interpelado. Esta vez por alguien que me suele preguntar a ver si no soy catalán. Pregunta que me deja siempre fuera de juego, como si fuese una pregunta trampa, de las que sabes que respondas lo que respondas, la vas a cagar. Entonces digo que sí, pero que me refería a España, y empiezan las correcciones. Es que Catalunya no es España. Coño, con lo que me gustan a mí los sellos en el pasaporte, y resulta que llevo 40 años pasando de un lado a otro sin visado ni estampita ni ná de ná. Haberlo dicho, hombre.
Estas y otras muchas cosas me ocurren últimamente cuando hablo de mi país.
Negaré que lo he escrito, pero cuando hablo de mi país enseguida me mudan de casa. Ya no soy ni de aquí ni de allá. Me he dado cuenta de que soy independentista por escuchar a los independentistas, y soy unionista por escuchar a los unionistas. Así que debo de ser también Testigo de Jehová, militante de Podemos y del PP, tan madridista como culé y hasta –si me apuras– eurofan. Si escuchando a cualquiera que no piense como tú y entendiendo incluso alguno de sus argumentos, te conviertes en uno de ellos, entonces debo de ser de más clubes de los que jamás he sido capaz de pagar.

Nadie está dispuesto a convencer a nadie porque nadie está ya dispuesto a ser convencido

Por eso, cuando hablo de mi país no sé muy bien a qué me refiero. No sé si estoy siendo inculto, injusto o indocumentado. O un poco todo a la vez. Pero nunca arranco a hablar hasta saber con qué parte del discurso coincidiré con la persona que me escucha. Así que me espero a que empiece él o ella. Que se deje caer hacia un lado de la barricada. Le lanzo dos o tres últimas noticias y me dedico a esperar que salga su lado más irascible y conflictivo. Que sea la primera persona en disparar. Siempre hay un nombre, una fecha o un hecho que lo desata. Enemigos íntimos no son las palabras, pero son las que más se le parecen. Me siento un poco Zelig en un congreso de bipolares, pero es lo que hay. No engaño, simplemente documento esa parte de mí que me hace estar de acuerdo con ella. Aquélla que deberían usar los políticos y diplomáticos para negociar.

Y es que al final, cuando hablo de mi país, ya nadie se interesa por argumentos, ni razones, ni porqués. La época de razonar las cosas ya pasó. Eso era cuando un hemiciclo valía más que una manifestación. Pero las razones no movilizan a nadie. Los sentimientos, sí. El nacionalismo ganó la partida el día en que dejó los datos de lado y empezó a apelar a la emoción. Y cuando hablas con alguien con la piel de gallina, lo de menos es ponerte a contar las patas. Nadie está dispuesto a convencer a nadie porque nadie está ya dispuesto a ser convencido. Y por qué lo noto, preguntarás. Pues porque a nadie le vale un empate. Ya no se trata de puntuar. Ni en casa ni a domicilio. Ahora se trata de arrasar al contrario. De humillarlo. De dejarlo sin voz y sin voto. De quitarle no sólo la razón, sino también la dignidad. 
De ahí que haya decidido dejar de hablar de mi país. Porque sea cual sea, estoy seguro que ya no es el mío. 
El mío se lo ha llevado un grupo de gente que chillaba.

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