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Análisis

El hemiciclo del Parlament vacío.

La hora de construir puentes

Roger Palà

Un escenario con listas separadas dibujará un Parlament mucho más versátil para buscar pactos amplios con todos los que se oponen a la involución represiva


No son los mejores días para decirlo, pero precisamente por eso hay que dejarlo escrito: la independencia de Catalunya es un objetivo tan legítimo como factible. No es ninguna quimera ni ninguna idea de cuatro alocados: es un ideal que durante los últimos años ha movido a miles y miles de personas, y que las seguirá moviendo.

Es por eso que no asistimos estos días a la derrota del independentismo, sino al fracaso de una estrategia. Los indepes son la gran corriente política del país, pero más de la mitad de los catalanes se sienten distantes, ajenos o, en algunos casos, son directamente hostiles a su proyecto. Una estrategia unilateral como la que han planteado Junts pel Sí y la CUP requiere de mayorías todavía más anchas y sólidas, alianzas internacionales ahora inexistentes, y estar preparado para asumir costes represivos importantes, incluidos, como hemos visto, la cárcel y el exilio.

Para muchos independentistas, las últimas semanas han supuesto un choque con la realidad. El Govern no tenía una estrategia muy definida de cómo hacer posible la República. La idea era hacer el referéndum como fuera y, por poco que el resultado lo avalase, proclamar la independencia. Quizá el objetivo de fondo era buscar una intervención europea ante la represión del Estado, pero finalmente no ha sido así.

Realismo y autocrítica

El Estado español tiene una pulsión autoritaria antigua que el pacto del 78 no resolvió. O bien el independentismo no previó el actual escenario represivo, o bien lo previó pero no se atrevió o no quiso explicarlo a una base social que hasta hace dos meses esperaba la revolució dels somriures. A todo ello se ha añadido la pugna entre PDECat, ERC y la CUP, inmersos en una espiral donde nadie quería admitir que la declaración de independencia difícilmente tendría efectos prácticos –pero sí consecuencias represivas–.

Es la hora del realismo y la autocrítica, empezando por admitir que la República de Octubre no parece, hoy por hoy, un proyecto viable. Pero que, al mismo tiempo, el 1 de octubre –un momento donde indepes y no indepes compartieron calle en defensa del derecho a decidir– fue un momento relevante. Algo nuevo.

El españolismo, muy movilizado

En este sentido, los programas y formatos con que los partidos independentistas concurrirán a las elecciones del 21-D serán determinantes. Una lista unitaria del independentismo habría galvanizado a los más convencidos, pero también habría podido repeler un cierto número de votantes, como ya ocurrió el 27-S. Un escenario de listas separadas dibujará un Parlament mucho más versátil si se trata de buscar pactos amplios con todos los que se oponen a la involución del autogobierno y la represión del Estado.

Es cierto que si el independentismo supera el 50% de los votos puede abrirse un escenario nuevo. Pero también es posible que el 21-D refuerce las posiciones del españolismo, hoy muy movilizado. Si PDECat, ERC y la CUP no consiguen la mayoría absoluta de diputados, los comuns serán la pieza clave. El soberanismo ha de enterrar los reproches. Es la hora de construir puentes. 

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