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IDEAS

Siga a ese taxista

Miqui Otero

No entramos en una panadería chillando "¡baguette!" ni en una mercería al grito de "¡bragas!". Y, sin embargo, gritamos "¡taxi!" cuando queremos que un taxista frene. Lo hacemos marcando postura de saludo olímpico, ese que tanto abunda últimamente en nuestras calles.

Por alguna razón, no solemos pensar en quién conduce esos coches. Solo cuando salía de Barcelona y veía un auto amarillo y negro lejos de casa, caía en la cuenta de que un humano manejaba su volante. Entonces fabulaba si se habría perdido huyendo de algún sicario de la mafia marsellesa o si transportaría al escritor Álvaro Cunqueiro, ese que una vez pidió a la organización de aquel evento madrileño que le pagaran un taxi para retirarse a dormir y que, cuando se subió en el auto, dijo: "¡A Mondoñedo!" (540 kilómetros).

Solo los que pueden escoger a qué se dedican se consideran aquello de lo que trabajan

El otro día presentamos 'Taxi', novela de Carlos Zanón, prodigio electrolírico, de la que dije y pienso dos cosas: el interior de ese coche amarillo y negro está tapizado con la piel de su autor, así palpita su espíritu en cada frase; y no es una avispa, sino una abeja: cada vez que la novela pica, el autor se ha dejado la mitad del cuerpo con el aguijón. Sandino, su protagonista, es en parte como Ponyboy Curtis en la novela 'Rebeldes': "Me miento todo el rato, pero jamás logro engañarme". Sandino es ese taxista que no es taxista, sino que hace el taxi, porque solo los que pueden escoger a qué se dedican se consideran aquello de lo que trabajan.

Como Sandino, como Zanón, contradictorios como seres humanos o grandes personajes, algunos somos varias cosas a la vez: puertas esmeriladas de hoja barata, alfombrillas sobre el parqué para que no se desgaste, facturas en cajas de Campurrianas, elepés de Luis Cobos (porque en esta casa se escucha música clásica). Sabor de barrio y esfuerzo para la matrícula, pero campana en la 'uni'. Somos los que dudamos aún ahora si los cacahuetes caramelizados encima de ese escritorio del hotel son de cortesía o habrá que pagarlos. Los que íbamos con nuestros padres a charlas de Planeta, donde aguantábamos discursos sobre tal enciclopedia (y aquellos comerciales encorbatados no eran Diderot) a cambio de un despertador de regalo (en el mejor de los casos, proyectaba sus números luminosos en el techo). Todos tenemos tantas caras como el fuego: no somos solo sacamuelas ni 'horneabaguettes' ni unionistas ni independentistas ni buenos ni malos. No somos buenos, sino que intentamos no hacer daño. No somos escritores, sino que escribimos. No somos taxistas, sino que hacemos el taxi. Siempre que nos dejan con el cartel de libre en la luna. Dispuestos, como Alertes, a prestar nuestro oído a todos y nuestra voz a unos pocos.

Temas: Taxis

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