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Análisis

Puigdemont, este martes, antes de la rueda de prensa que ha ofrecido en Bruselas.

OLIVIER HOSLET (EFE)

Europa y el 21-D

Enric Marín

La justicia española está ahora bajo la lupa de los organismos internacionales. Se han acabado según qué alegrías jurídicas carpetovetónicas


La fragilidad de un proyecto europeo más burocrático que democrático y más pendiente de los mercados que de la política se ha hecho completamente evidente con la crisis de los refugiados y con la crisis catalana. La Unión Europea es un club de estados básicamente cimentado por intereses económicos cruzados. Cierto. Pero el mundo sería un poco peor sin la UE, y el conflicto democrático entre el soberanismo catalán y España todavía sería más descarnado. Escondido bajo la espuma de la representación política convencional, la UE está teniendo un papel significativo en el caso catalán. Dos hechos lo confirman de forma inequívoca: la convocatoria exprés de elecciones autonómicas y el papel de la justicia belga.

Maza y la dosificación de la represión

Vivimos tiempos políticos acelerados. Hace diez días el Parlament formalizaba la declaración de independencia y el Gobierno español activaba el 155 con elecciones autonómicas inmediatas. Analistas solventes alabaron la urgente convocatoria electoral como un hábil movimiento de Rajoy. Pero no. De hecho, el plan de Rajoy, largamente planificado, era otro. Contemplaba una intervención más dura y más sostenida en el tiempo. Pero este plan chocaba con las prioridades de la UE: salida rápida y no violenta para garantizar la estabilidad lo antes posible. Los ritmos de la UE no son los ritmos del Reino de España... El plan de Rajoy había previsto la acción coordinada del Gobierno español, la fiscalía y el sector más controlado de la Audiencia Nacional. Y para funcionar necesitaba contar con un margen de tiempo suficientemente dilatado para dosificar la gestión de la represión. El fiscal Maza era la pieza angular de este proyecto. Pero el escenario de una convocatoria inmediata de elecciones ha cambiado bruscamente las coordenadas políticas sin que el fiscal Maza haya sabido o querido reescribir el guion. Resultado: el primer acto electoral del 21-D ha sido el encarcelamiento humillante de buena parte del Govern democrático de Catalunya.

Campaña del miedo por tierra, mar y aire

Pero la UE también es actora del conflicto sin haberlo previsto. ¿Cómo? Por efecto del exilio belga de la parte del Govern de Catalunya no encarcelado. Esta situación, tampoco prevista desde Madrid, ha tenido un doble efecto desde el punto de vista de la internacionalización del conflicto. Por un lado, ha aumentado su dimensión mediática global, y por otro ha internacionalizado la judicialización provocada por el propio Gobierno español. Desde ayer, la justicia española está bajo la lupa de los organismos internacionales. De manera que se han acabado según qué alegrías jurídicas carpetovetómicas.

¿Y ahora qué? De hecho, todo está focalizado en las elecciones del 21-D. Unas elecciones en las que los campos están perfectamente delimitados. Por un lado el bloque dinástico, el bloque del 155, y por otro el bloque soberanista, el bloque republicano. No es necesario tener una bola de cristal para adelantar que el bloque dinástico no podrá gobernar. La duda es si los partidos programáticamente independentistas (juntos o por separado) tendrán más del 50% de los votos. Para intentar impedir eso los poderes de Estado solo tienen un arma: una tremenda campaña de miedo. Por tierra, mar y aire.

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