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Valverde da instrucciones a Mascherano antes de que entre en juego.

JORDI COTRINA

Negras juegan y ganan

Jordi Puntí

Desde hace unas semanas, intento distraer la angustia y el desánimo que me provoca la situación política jugando de vez en cuando una partida de ajedrez en mi iPad. Soy un novicio y compito contra un programa de ordenador que puede ser muy malvado o muy magnánimo, según el nivel que yo le marque, y aunque casi siempre me gana, por lo menos consigo ausentarme de la realidad durante un tiempo.

Lo cierto es que desde hace un par de jornadas, cuando sigo un partido de futbol, el césped se cuadricula y he empezado a ver algunas fases del juego como una partida de ajedrez. Por ejemplo: Busquets domina como un peón las casillas centrales -comparación fácil, ya lo sé-. Alba puede ser un peón insistente por la banda y una torre que llega hasta el fondo para amenazar al rey. Rakitic es un alfil que traza diagonales e Iniesta me recuerda a un caballo que busca la combinación inesperada, en zigzag hasta dar el pase certero. ¿Y Messi?, se preguntarán. ¿De verdad hace falta que lo diga? Yo creo que no.

Valdano escribió que en los primeros minutos de un encuentro se juega el partido que quieren los entrenadores. Pero poco a poco se va difuminando su estrategia

El acoso y la presión

Jorge Valdano escribió que en los primeros minutos de un encuentro se juega el partido que quieren los entrenadores. Esta es también una imagen muy del ajedrez. Empieza el juego y blancas y negras están dispuestas tal como quiere el entrenador. Solo hacen falta algunos pases, varias jugadas, y poco a poco se va difuminando esa estrategia que había previsto tan detalladamente. El partido de ayer, por ejemplo: daba la impresión de que por parte del FC Barcelona empezó exactamente como lo había previsto Valverde. El acoso y la presión que hacían los azulgranas en los primeros minutos se acercaban bastante a la perfección, pero en seis minutos MessiSuárez Rakitic fallaron ocasiones claras y todo se fue alejando de la situación ideal. En cuanto al Sevilla de Berizzo, seguramente también se acercaba bastante a lo que había imaginado de principio.

A partir del primer gol de Alcácer, el Barça se tranquilizó, pero el partido se alejó más y más de esa imagen ideal que quizá tenía Valverde. La realidad impuso sus elementos, como esa lluvia persistente de toda la noche, o como las pancartas que pedían libertad y justicia,  y que nos recordaban una de las peores semanas que ha vivido la democracia en Catalunya (tal como se entiende en los países de la zona Champions). Abajo, en el tablero, a Messi le costaba combinar con sus compañeros  -como si la presencia de Sampaoli en el palco le hiciera creer que jugaba con Argentina- y Suárez seguía persiguiendo a su propia sombra.

El armazón de algo

La verdad es que este Barça de Valverde gana con convicción, pero a menudo solo parece el prototipo de un equipo mejor, el armazón, la sala de pruebas de algo que algún día nos va a deslumbrar de verdad. En cuanto a mí, de momento seguiré practicando al ajedrez igual que miro estos días los partidos del Barça: para abstraerme de una violencia de estado que, como la definió el 2 de octubre el gran Garry Kasparov, resulta "obscena". Quizá también para recordar que, contra todo pronóstico, incluso en los torneos de los grandes maestros, a veces ganan las negras.

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