01 oct 2020

Ir a contenido

Pantallas

Pernell Walker, James Franco y Maggie Gyllenhaal, en una escena de la serie ’The deuce’ (HBO).

Paul Schiraldi (HBO)

Porno y caza

Mikel Lejarza

El número de series ha aumentado tanto, que rara es la semana en la que no se estrenan varias. Y al hacerlo, si nos atrapan, sabemos que estamos dando por ocupadas en su compañía unas cuantas horas de nuestra vida futura. El fenómeno es tal, que ya comienzan a escucharse voces que advierten de que estamos ante una burbuja y que salvo algunos contados casos, la rentabilidad de la mayoría de los productos está en entredicho.

Sin embargo, la maquinaria de momento no para, porque la única manera de no caerse de una bicicleta en marcha es continuar pedaleando. Pero ante tanta oferta es cada vez más complicado encontrar nuevas ideas capaces de deslumbrar. Esta temporada está siendo un ejemplo de ello. Mucho producto, mayormente de calidad contrastada, pero novedades escasas. Deuce, de la siempre interesante HBO, y Mindhunter, de Netflix parecen ser dos de los proyectos más interesantes del panorama actual, a tenor de lo visto.

La primera, obra de David Simon y George Pelecanos, remite al universo de la prostitución y el porno en los años 70, en el centro de Manhattan, de la mano de los mismos creadores de la obra maestra que fue The Wire. Con un trasfondo realista hasta el extremo, dura, seca, con personajes desagradables basados en una realidad más sucia que morbosa, tiene el estilo atrevido que define a HBO.

También su ritmo es diferente y muy alejado de las clásicas series de toda la vida con planteamiento, nudo y desenlace. Aquí se trata de contar la vida, de hacer reflexionar con historias estimulantes, adultas, complejas e incapaces de ser contadas en solo tres actos. El resultado es una serie que sabe más a whisky del que irrita la garganta que a refresco azucarado, pero que gustará a los paladares más exquisitos.

Mindhunter está basada en el libro del mismo título escrito por Mark Olshaker y John E. Douglas. También situada a finales de los años 70, cuenta la historia real de los detectives y científicos que cambiaron la forma de investigar casos de criminales en serie en EEUU. Se llamaban John Douglas y Robert Lessler, y conjuntamente con la doctora Ann Wolbert Burgess decidieron entrevistar a asesinos encarcelados por crímenes horribles para intentar entender la motivación que les había impulsado a cometerlos. La idea era sacar conclusiones que pudieran aplicar posteriormente a resolver otros casos similares. Interpretada por el cantautor Jonathan Groof (Glee), el excelente Holt McCallany y la australiana Anna Tory (Fringe), la serie cuenta con la actriz Charlize Theron como una de sus productoras ejecutivas y con David Fincher (El Club de la luchaEl curioso caso de Benjamin Button) como director de cuatro de sus 10 primeros episodios.

Un excelente producto, con tramas ya vistas, pero en el que todo funciona en el difícil arte de contar historias con imágenes. Interpretes, secundarios, guiones, localizaciones, fotografía, banda sonora, todo está a un nivel más que notable.

Ambas series muestran la razón por la que drama y thriller están en retroceso en el cine, donde sólo triunfan a nivel local las comedias. Porque ahora los mejores están en la televisión.