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Órdago independentista

La hora de la contención

Xavier Bru de Sala

El soberanismo debería lanzar mensajes de estabilidad social. Estabilidad que no está reñida con la determinación

A buen seguro que el fiscal y la jueza no han entendido que el 21-D cambia la naturaleza de la confrontación. Si hasta el intercambio de directos a la mandíbula de la DUI y el 155 el combate era de boxeo, a partir de la convocatoria electoral ha pasado a ser de ajedrez. La dificultad de la nueva partida consiste en mover álfiles, torres y peones con los puños cerrados. El que antes cuelgue los guantes de boxeo ganará las elecciones. Cuanto más lejos los cuelgue, por más diferencia ganará.

El encarcelamiento de los exconsellers marca un antes y un después, cierto. Hay motivo de sobra para protestar, para manifestarse, para convocar mil huelgas, para decir que ya basta, que así no y todo lo que propongan los más indignados. Pero antes de contribuir al incendio, antes de fundir los plomos, más vale contar hasta cien, o si es preciso hasta mil, y preguntarse si es muy inteligente reaccionar de la manera que esperan los más radicales del otro lado. Exactamente, de la manera que esperan.

Muy al contrario, es la hora de tragar saliva, de dar ejemplo de contención y civismo. Ante quienes desean que una incertidumbre galopante rebaje las perspectivas de crecimiento y dispare la prima de riesgo, el soberanismo debería lanzar mensajes de estabilidad social. Estabilidad, que no está reñida con la determinación. Quizá al final nos esperen episodios de este tipo tan desagradable o aún peores. La partida es dura y se endurece, pero ahora es de ajedrez.

Efervescencia emocional

Justamente el efecto buscado de los encarcelamientos es la efervescencia emocional, el desbordamiento. Cuantas más protestas y más airadas, mejor. La rabia ofusca. La ofuscación no permite pensar. Así, según la secuencia natural, el 21-D se convertiría en un plebiscito entre el orden, a cargo del Estado, y el caos independentista/soberanista. 

Si, en cambio, el conjunto de catalanes que califican de injusto o intolerable el ingreso en prisión –aproximadamente los partidarios del referéndum, o sea el 75%– son capaces de tragar saliva y descomprimir la olla emocional con válvulas simbólicas e imaginativas como el apagón intermitente de las luces de Navidad, Catalunya habrá sorprendido al mundo de manera muy positiva. Noucentisme, zen, la máxima elocuencia del silencio.

Riesgo de división

A pesar de la extraordinaria cohesión interna forjada a lo largo de muchos decenios, la sociedad catalana no está exenta del riesgo de la división, que atizan tanto como pueden los partidarios de borrar del mapa el independentismo, el soberanismo y, de paso, todo el catalanismo. Pues el mejor antídoto contra quienes aseguran que antes se romperá Catalunya que cambiará España es la máxima unidad en la protesta contra la represión.

La línea a seguir es la del día 3 de octubre, cuando se vieron banderas mezcladas contra la violencia policial. La del día 3, pero teniendo en cuenta que ahora se multiplicarán los provocadores, preparados para intentar desatar episodios de violencia que, debidamente magnificados, hundan el relato soberanista del pacifismo a ultranza. 
 

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