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Ideas

Luigi Pirandello.

Gobiernos en busca de autor

Miqui Otero

Hasta hace poco, cuando algo nos parecía muy espectacular o muy aburrido o ambas cosas (un solo de guitarra demasiado vanidoso y eterno, tantos tiros y explosiones en esa película de Hollywood sin tema, un personaje ensimismado explicando un sueño dentro de un sueño), mirábamos al de al lado, le dábamos un codazo cómplice o proferíamos esa frase que quebraba nuestra suspensión de incredulidad: "Se le ha ido la pinza".

Ahora dicen que el consumo de cultura ha bajado y no hay quien se pueda sorprender porque, por primera vez desde 'La casa de la pradera', incluso más que con 'Perdidos', todo el mundo anda pendiente de la misma obra, 'El Procés', si bien parecemos haber perdido la sana costumbre de dejar de mirar a la pantalla para cuestionarla entre nosotros (para, de paso, preservar un nosotros plural y bienintencionado).

Incluso el fútbol pierde fuelle, ya que todo esto supera incluso aquel duelo del Madrid de Mourinho contra el Barça de Pep. Este se abrigaba con la capa púrpura de citas de Lluís Llach (el país pequeño, el campanar) y capitalizaba la coyuntura de una generación irrepetible de la Masia para defender unos valores universales en un equipo de muchos millones y acuerdos internacionales dudosos. Al final, quien lo convertía en héroe, quien tapaba las fisuras de su relato, era su gran villano: apostaba por el contrataque vikingo y la entrada delicuencial, hundía dedos en ojos o gritaba, en plena duda paranoica, que todo era teatro. Por cierto: vete al teatro.

Los personajes de la pieza de Pirandello piden una obra que les dé sentido y confunden sus deseos con la realidad

Con algunos querellantes de allá reclamando la truculencia del Grand Gignol, algunos de aquí, esos cinco 'consellers' más el President viajando a Bruselas, parecen estar marcándose un 'remake' de 'Seis personajes en busca de autor', de Luigi Pirandello. En esa pieza dramática, unos personajes imaginados por su autor, que los abandonó sin escribirles una obra con planteamiento, nudo y desenlace, llegan a un teatro y reclaman al director que les dé un sentido. Este dice de Pirandello: "Sus obras parecen creadas para que ni actores ni críticos ni público queden contentos". Los personajes, desorientados, piensan que es real todo aquello que desean.   

La cuestión es que el tramoyista, el guardarropa o el conserje no entienden nada: se miran, se dan codazos, piden explicaciones. Quizá deberíamos hacer lo mismo, lejos (no en el medio) del envalentonamiento rancio de los que exigen humillación y del callo acrítico de quien defiende con una fe insobornable cada giro de guión improvisado. Al final, la obra, también la política, se hace para el público. "¿Y dónde está la obra?", pregunta un personaje de Pirandello. Y le contestan: "Está en nosotros, señor". 

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