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Al contrataque

Nadie ha aguantado el tipo durante estos meses frenéticos como lo ha hecho la ciudad


Nací en Barcelona y siempre supe que algún día me marcharía. No es que deseara irme porque no me gustara la ciudad, pero como sucede con los jóvenes impresionables y que han leído mucho, quería correr aventuras. Todavía no sabía que las aventuras más importantes no tienen lugar en parajes exóticos y en idiomas desconocidos, sino entre cuatro paredes y casi sin palabras (ni los amantes ni los niños necesitan demasiado vocabulario para hacerse entender). Así que me marché al acabar el instituto y regresé unos años más tarde.

Aquí he vivido la mayor parte de mi vida, pero hace solo un par de días me di cuenta de lo perdidamente enamorada que estoy de esta ciudad.

Recuerdo a un amigo, hace más de veinte años, que un día se presentó en mi casa muy alarmado y dijo que necesitaba hablar conmigo. Empezó a farfullar frases incomprensibles sobre su novia, una mujer fantástica con la que hacía años que salía y con la que formaba una gran pareja. Después de cinco minutos en los que no logré entender nada de lo que me estaba contando, exclamé: «Juan, ¿me quieres decir lo que te pasa, por favor?». Me miró aterrorizado y respondió: «Creo que me estoy enamorando de ella». Y añadió: «Me he dado cuenta esta mañana, pero no estoy seguro porque nunca me había pasado, así que he pensado que te lo preguntaría a ti». Intentando con todas mis fuerzas que no se me escapara la risa, le pregunté: «A ver, Juan, ¿cómo te sientes?». Se quedó pensativo un momento y respondió: «Cada vez que la veo y que estoy con ella me siento como si me hubiese tomado una pastilla de éxtasis». Le sonreí y dije: «Pues sí, es exactamente eso». Mi amigo tenía además, pero eso no se lo dije, la mirada nostálgica y a la vez increíblemente precisa de los enamorados.

La felicidad ya es nuestra

Y esta mañana, bajando sola por un paseo de Gràcia inundado de sol y de turistas, he sentido ese mismo destello de euforia y de estupor del que hablaba Juan. Nadie ha aguantado el tipo durante estos meses frenéticos como lo ha hecho Barcelona. He visto a políticos demudados por la angustia y por el ardor, a tertulianos vociferantes y sudorosos, a periodistas vaticinando cada mañana el fin del mundo. Y he visto las calles de mi ciudad llenarse de banderas (tan poco favorecedoras siempre) y de gente en conflicto reclamando cosas que creían que no tenían o que tenían y no querían. Nadie lo hubiese soportado (no es cierto que los vicisitudes nos fortalezcan, solo la felicidad nos hace mejores, más inteligentes, más morales), pero Barcelona sí. Barcelona ha desplegado, impávida y generosa, el otoño más bonito que se recuerda, la promesa de una felicidad que no es que esté al alcance de la mano, sino que ya es nuestra. 
 

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