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UNA NUEVA FILOSOFÍA

Exhibición de robots en la feria de tecnología Consumer Electronics Show (CES) de Las Vegas, el pasado 5 de enero.

REUTERS / RICK WILKING

El transhumanismo, una utopía emergente

Francesc Torralba

Este movimiento planetario, con una nueva concepción de la condición humana y de su alianza con la tecnología, tiene aspiraciones de transformación social y política

Es sorprendente la poca recepción que ha tenido, hoy por hoy, el debate transhumanista en nuestro país. A excepción de algunas monografías y de algunos ensayos descabalados, esta nueva filosofía, que contiene una nueva concepción de la condición humana y de su alianza con la tecnología, ha pasado prácticamente desapercibida. Y, a pesar de ello, la magnitud del debate que genera y las consecuencias que puede llegar a tener para un futuro inmediato, en todos los aspectos de la vida, es difícil de acotar y de prever. Por este motivo, el Palau Macaya de la Obra Social “la Caixa” y la Oficina del Club Roma en Barcelona han puesto en marcha un ciclo que pretende explicar qué es el transhumanismo, desde diferentes prismas.

Se trata de un movimiento planetario e incluyente que pretende sumar a ciudadanos de todo el globo, independientemente de su situación social, su origen o su lengua materna. No se dirige, exclusivamente, a los trabajadores o a los artistas o a los intelectuales. Se dirige a todo ser humano que aspire a mejorar su calidad de existencia, a vivir más años y a disfrutar de unas capacidades y unas cualidades que la naturaleza no le ha otorgado de forma arbitraria.

Un mensaje lleno de esperanza

Sin embargo, como cualquier movimiento, es un conglomerado que integra en sí mismo formaciones y grupúsculos de naturaleza diversa, pero con la pretensión de transcender el ámbito de la academia para convertirse en un movimiento de transformación social y política. Se sustenta sobre la virtud de la esperanza y, por tanto, está en las antípodas de la moral de derrota, del desencanto del mundo y del nihilismo político y social. Frente a la mirada apocalíptica y fatalista que dibuja un futuro negro, frente al “no hay nada que hacer”, el transhumanismo se presenta, públicamente, con un mensaje lleno de esperanza en el futuro basado en la nueva alianza entre la condición humana y la tecnología.

La finalidad de este movimiento es, prioritariamente, transformar la propia naturaleza humana y, de este modo, transformar el mundo. Por tanto, el sujeto y el objeto de la revolución son exactamente lo mismo: el ser humano.

Muchos ven en la alianza con la tecnología un modo de preservar y de prolongar la autonomía personal en todos los sentidos

Se parte de la suposición de que el ser humano no es una realidad pétrea ni acabada, sino dúctil y dinámica, un ente in fieri, un work in progress, que puede mejorar cualitativamente, mediante la implementación de artilugios tecnológicos incrustados en su propia naturaleza.

¿Los transhumanistas representan únicamente una secta de iluminados? ¿Existen límites en la voluntad de mejora? ¿Quién los puede poner? ¿El sueño de un ser humano programado a imagen mecánica de un ordenador y producido por técnicas de selección, de eliminación o de manipulación biológica es pura fantasmagoría?

Una vanguardia con figuras intelectuales

Razonar así es, quizás, subestimar esta corriente de pensamiento que está experimentando un gran crecimiento en algunas áreas del mundo. No olvidemos que la vanguardia transhumanista dispone de figuras intelectuales a la altura de sus ambiciones: Marvin Minsky (1927-2016), el padre de la inteligencia artificial; Eric Drexler (1955), uno de los pioneros en nanotecnología; y Hans Moravec (1948), el gurú de la robótica, por citar algunos referentes.

Lejos de ser universitarios e investigadores marginales, los transhumanistas ocupan puestos muy relevantes de poder. El proyecto NBIC (Nanotechnology, Biotechnology, Information Technology and Cognitive Science) resulta un testimonio particular, un proyecto realizado por iniciativa de la National Science Foundation (NFS) y del Departamento de Comercio americano (DOF), que vela por la convergencia de las nuevas tecnologías con la clara finalidad de mejorar técnicamente la condición humana.

Una ideología nueva enraiza en el cuerpo social cuando los valores que propone conectan con las prioridades y los anhelos de la ciudadanía. Fijamos la atención, por ejemplo, en el valor de la autonomía. El transhumanismo da mucho valor a la autonomía personal, a la capacidad de cada ser humano para decidir no solo su futuro, sino su propia configuración, la fisonomía de su cuerpo, las capacidades mentales y las cualidades físicas que quiere tener.

Este valor tan ensalzado por el transhumanismo conecta, estrechamente, con la parte alta de la pirámide axiológica de los países mas desarrollados del planeta. Los ciudadanos de esta área defienden, a ultranza, su autonomía en todos los planos, y rechazan cualquier forma de dependencia, de heteronomía o de sumisión. Muchos ven, en la alianza con la tecnología, un modo de preservar y de prolongar la autonomía personal en todos los sentidos: el físico, el emocional y el mental. Tendremos que estar muy atentos para discernir las consecuencias que puede comportar.