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La contaminación urbana

 París bajo la contaminación, en marzo del 2014.

AFP / THOMAS SAMSON

Los aires de París

Joan Subirats

Lo que está en juego es cambiar el modelo de movilidad y pasar de una concepción privada de la misma a entender el transporte de la gente como un servicio público integral

El pasado fin de semana, alcaldes y alcaldesas de 12 de las ciudades más importantes del mundo, reunidos en París, ratificaron su compromiso a favor de ciudades sostenibles y más saludables. En el horizonte aparecen ciudades sin la carga de polución ambiental y de efectos nocivos en la salud que ahora sufrimos. Ciudades no solo con coches más limpios, sino ciudades con menos coches. La pretensión es que en el 2030, grandes zonas de las ciudades queden libres de emisiones contaminantes. A pesar de que la conexión entre emisiones de CO2 y cambio climático esté cada vez más clara, en la intensidad y radicalidad del cambio que se propone domina la vinculación directa entre los problemas de salud y las emisiones contaminantes producidas por los vehículos con energía fósil.

París, Barcelona, Londres se han puesto las pilas, siguiendo el ejemplo de las ciudades que más radicalmente han puesto plazos e impuesto medidas, como Oslo, Copenhague o Helsinki. Lo que está en juego es cambiar el modelo de movilidad y pasar de una concepción privada de la misma, a entender el transporte de la gente como un servicio público integral. Las medidas apuntan a sacar de la ciudad a los vehículos más contaminantes, penalizar o prohibir el tráfico en las zonas más congestionadas, ampliar zonas verdes, espacios peatonales e incentivar al máximo las distintas modalidades de transporte público y el uso de la bicicleta.

Una transición política y social

La transición es política y socialmente importante. Políticamente ya que sigue habiendo una concepción muy individualizada del vehículo y para mucha gente los elementos perjudiciales del vehículo privado no son tan visibles como lo son para expertos y personas concienciadas. Socialmente, ya que el aumento de impuestos, la prohibición de los coches más contaminantes (que acostumbran a ser los más antiguos), o la gran cantidad de trabajos vinculados al motor, pueden acabar perjudicando a aquellos que no tienen alternativa o cuya única posibilidad de subsistencia es precisamente que se mantenga uso de tales vehículos.

Una vez más se ha demostrado que las ciudades, al margen de sus exiguas competencias en relación a los problemas que les afectan, han tomado la delantera a los estados, que al margen de declaraciones retóricas, siguen atrapados en compromisos corporativos y en complicadas trabas legislativas.