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Análisis

El president Carles Puigdemont y los consellers en el hemiciclo tras la declaración de independencia.

REUTERS / ALBERT GEA

Psicodrama

Carmen Juan

Nunca como hoy el sueño de unos me parece la pesadilla de otros


«Pasó lo que pasó». Tomo prestada la descripción de Joan Tardà ante mi incapacidad de entrar en todos los detalles. Y añado: ahora pasará lo que pase, tal es el fatalismo en el que vive la política española, en la que nadie parece tomar las decisiones que quiere. Ni Rajoy con un 155 que será infernal aplicar, ni Puigdemont con una independencia a la que se resistió hasta horas antes, en uno de los episodios más confusos de todo este procés.

Catalunya se ha declarado república independiente con 70 votos emitidos en secreto y sin la presencia en el hemiciclo de tres partidos de la oposición. Había imaginado que llegado el momento sería todo más solemne, una puesta en escena de largo, una proclamación con empaque, incluso –por qué no– hacerla coincidir con las 17.14 de la tarde. Lo cierto es que me ha sabido a poco. Carme Forcadell leyendo la resolución sin apenas levantar los ojos del papel, Puigdemont con cara de haber sido atropellado por la historia y sin abrir la boca, y Junqueras también mudo a su lado como si no le conociera. Al menos se invitó a centenares de alcaldes con sus varas de mando, que coreando en el Parlament el grito de «in-inde-independència» imponían mucho.

Rebelión, pero con voto secreto 

El voto secreto para impedir que se pueda perseguir a los diputados por rebelión ha sido muy astuto, pero cuando estás plantando cara a un Estado, qué menos que hacerlo a cara descubierta. Aunque en este procés televisado y tuiteado al mundo lo importante se ha cocinado siempre a puerta cerrada, en un curioso ejercicio discrecional de transparencia.

Nunca como hoy el sueño de unos me parece la pesadilla de otros. El Gobierno español dimitió de sus responsabilidades con Catalunya hace muchos años, y ahora, pillado en falta, reacciona con contundencia. Con el 155, el Gobierno más débil de la democracia del partido más corrupto de la historia reciente logrará hacerse fuerte en España, con una Cámara legislativa, el Senado, que cuenta algo por primera vez en su historia y donde resulta que el PP tiene mayoría. Un pan como unas hostias. Corremos el riesgo de que la intervención catalana abra la puerta a una recentralización de todo el Estado. Este es el escenario en el que el Gobierno ha convocado elecciones catalanas para el 21 de diciembre. Las elecciones generales no deberían tardar mucho. Al PSOE y al PSC les llueven palos porque cuando dos se pelean el que se mete en medio paga el pato.

Todo el mundo ha cometido errores. La legalidad es un marco de convivencia, pero no puede ser un cepo que estrangule la legítima reclamación de una sociedad de vivir mejor. Tampoco nada bueno sale del engaño, la división y las falsas promesas. Vivimos realidades paralelas entre la historia y la histeria. De momento en las calles reina el entusiasmo y la alegría, preludio de la Arcadia feliz que se supone que será la Catalunya independiente. Cuando despertemos, España seguirá ahí. Y el mundo solo nos prestará atención si nos hacemos daño. Podremos volver a la legalidad, pero la normalidad tardará mucho tiempo.