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EL CONFLICTO CATALÁN

Dioses antiguos

Rosa Ribas

Nos inspira pena y risa pensar hoy que alguien matara o muriera por una deidad con cabeza de oso hormiguero

De pronto, a saber por qué, me he acordado de los dioses del Antiguo Egipto. Algo me ha hecho pensar en todos esos dioses que acompañaron a Anubis durante más de 3.000 años hasta que llegaron otros a sustituirlos.

No es necesario ser un apasionado de la egiptología para saber algunos de sus nombres. Los crucigramistas están más que familiarizados con el dios egipcio de dos letras, Ra, el dios del sol de cabeza de halcón. También los estudiamos en el colegio, donde conocimos a otros dioses antiguos, los de los griegos y romanos, con esa desazón que causaba que cambiaran de nombres, de una cultura a otra, no solo porque suponía tener que memorizar más nombres para los exámenes. Así, sin más, Zeus se convertía en Júpiter, Afrodita en Venus o Cronos en Saturno, como los artistas que necesitaban nombres más sonoros para el mercado internacional. Algo aprendimos también de los incas y aztecas, tan fieros e impronunciables. Y nuestros conocimientos sobre dioses antiguos siguen creciendo: la ópera nos presentó a los germánicos;  algunas películas recientes ha despertado el interés por las sagas escandinavas. Pero los egipcios siempre han tenido un atractivo especial.

Quien más quien menos los conoce gracias a los tebeos, los documentales, las películas de aventuras, series infames en las que, según el grado de delirio de los guionistas, comparten pantalla con Thor o Apolo. Así nos hemos familiarizado con nombres como Amón, Isis, Osiris, Horus, Seth, Bastis, Anubis, por citar los más populares.  

Las tierras fértiles y el desierto

El peso y lugar de estos dioses en el panteón no fue siempre igual durante los aproximadamente 3.000 años que duró lo que llamamos el Antiguo Egipto. Variaba según qué ciudad dominaba, qué faraón gobernaba… Pero eso lo sabemos ahora. Para quienes vivieron en esos tiempos las cosas parecían inmutables: Ra es el dios principal, «por supuesto». Osiris es el dios principal, «así es». Amón es el dios principal, «¿quién, si no?».

Lo mismo pasa con la oscura figura de Seth, el de cabeza de oso hormiguero, que mató a su hermano Osiris porque, cuando su padre, el dios creador Geb, repartió el mundo a Osiris le tocaron las tierras fértiles y a él, el desierto. Tras matar a su hermano, Horus, el hijo de Osiris, lo desterró al desierto. Allí se dedicó, según unos a provocar las mortales tormentas de arena, según otros, a proteger las caravanas que surcaban su desierto. Y es que 3.000 años de divinidad dan para mucho. Según en qué dinastía viviera, hubo quien pasó su existencia adorándolo y hubo quien lo temió una vida entera. Hoy, ambas cosas parecen un sinsentido.

Igual alguien, 
dentro de mil años, se hace
un cacao como nos pasa hoy con las divinidades egipcias y
diseña toros
con barretina

La mayoría de las creencias antiguas, incluso las más crueles, tienen ya una pátina retro, que le permite a nuestra arrogancia de personas del siglo XXI, suponer que nuestro grado superior de cultura nos hace inmunes a caer en majaderías como venerar a una deidad con cabeza de oso hormiguero. Los dioses antiguos nos parecen absurdos. Absurdos a la vez que altamente decorativos, ya que los encontramos en restaurantes, peluquerías, halls de hoteles, bisuterías, camisetas. Pero en ellos creyó mucha gente. Y sus sacerdotes exigieron rituales, sumisiones, humillaciones, sacrificios, bienes, devoción, amor, miedo, fanatismo. Nos inspira pena y risa pensar que alguien matara o muriera por un dios con cabeza de oso hormiguero.

Camisetas con tres franjas amarillas o rojas

Dentro de, pongamos, mil años, si aún hay vida humana en el planeta, tal vez a alguien le llame la atención nuestro momento actual, este pequeño episodio de la historia en este pequeño punto del planeta. Igual se ponen de moda los símbolos por los que tanto se clama estos días. Igual que nos liamos con los nombres de los dioses (¿Anubis era el de la cabeza de chacal o de hipopótamo?) se harán un cacao y decorarán restaurantes, peluquerías, halls de hoteles, bisuterías, camisetas con tres franjas amarillas y rojas o toros con barretina. Como cuando en una tienda de chinos ves una gorra de béisbol en la que pone Barcelona y lleva un dibujito torpe de la Cibeles y piensas «¡qué catetos!» a la vez que te das cuenta de que, vista desde China, se trata de una distancia y diferencias muy pequeñas y de que somos nosotros, en nuestro narcisista ombliguismo, los que nos hemos empeñado en agrandarla. 

Los niños del futuro se preguntarán: «¿Por qué se peleaban?». Y los padres, sin ganas de leer las notas a pie de página, les dirán. «No importa, no entra en el examen». Nos contemplarán con la sonrisa algo melancólica que despiertan las cosas que nos hacen gracia y dan pena a la vez. Bueno, eso solo si la humanidad sigue existiendo, claro.

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