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Todos los fuegos, el fuego

Miqui Otero

Los gallegos le han plantado cara a las llamas cubo a cubo, como quien achica un transatlántico que se hunde con un vaso de chupito

Un humo me lleva a otro humo, el del cigarrillo de mi padre apostado en la escalera de piedra de A Espiñeira, en la costa de Lugo. A veces me mandaba a comprar tabaco al bar y (toda pregunta me sonaba allí a acertijo) el de la barra mascullaba:

-¿Del normal o del otro?

El otro, claro, era de contrabando, gestionado por los 'señores do fume'. Y un detalle así alimentaba esa visión peliculera que yo, un barcelonés entre empollón y curioso, tenía del lugar. Galicia, digo, me parecía algo así como el Lejano Oeste: más al Oeste de Europa no se puede vivir, está lleno de cantinas y los paisanos desenfundan con más rapidez que Wild Bill Hickock (pero la cartera y para invitar; son genuinamente generosos).

Ya entonces me gustaban Siniestro Total: allí me cantaban "era una chica muy mona, que vivía en Barcelona" y aquí "Miña terra galega". Y ya entonces sanaba mis crisis asmáticas con vahos de eucalipto que emanaban de ollas colocadas a los pies de la cama por la abuela Placeres o la tía Maruxa, aunque no sabía entonces que eran esas hojas solución a mi enfermedad y problema para la salud del lugar: esos árboles que crecen como cohetes y que dan dinero Cofidis (rápido y tóxico) estaban aniquilando la riqueza plural del monte. Eran ellas, también, las que siempre conjugaban verbos traduciendo del gallego, así que empleaban el pretérito indefinido para cualquier cosa que acabara de suceder: "¿Te has hecho daño?" era "¿te mancaste?" y, de algún modo, ese tiempo verbal ayudaba a pensar que todo lo malo que pasa, pasó.

Pero esto no pasó, aún pasa, porque todos los fuegos son el mismo fuego. Si explico todo esto (esta Galicia rural e idealizada que es la mía, aunque hay otras) es para que se entienda mi rabia y se disculpe el orgullo desacomplejado y feroz que siento por esas cadenas humanas que con sus manos, eccemosas o encallecidas o tiernas, le plantaban cara al fuego estos días cubo a cubo, como quien achica un transatlántico que se hunde con un vaso de chupito. Una cadena humana que yo conecto con esos veranos en que apañábamos patatas (las nuestras una semana, las de otros familiares o vecinos a la siguiente), en una especie de economía colaborativa que mucho tiene que ver con la decencia y muy poco con las 'apps' de emprendedores con posgrado. Eso hacen, cadenas humanas, y las vuelven a hacer aunque gritaran en su día que 'Nunca Mais', descuidados por políticos que siempre han gobernado estrábicamente, con un ojo en Madrid, y que han hecho mucha campaña y poca política con la desgracia del fuego. Dicho de otro modo: "Mexan por nós e hai que dicir que chove". O nos queman y hay que decir que ardemos. Los incendios gallegos no se pueden analizar ya más con los códigos del cine de catástrofes (terrorismo en el aeropuerto, huracán en la costa, tsunami en la ciudad), sino con el de detectives: aquí hay víctimas, porque hay culpables (y no me refiero únicamente a los que empuñan mecheros).

Muchas explicaciones que pedir

Galicia me recuerda hoy a Castroforte de Baralla, ese pueblo de 'La saga fuga de JB', la alucinante novela de Gonzalo Torrente Ballester, que se eleva de sus cimientos cuando todos los del pueblo se preocupan por algo a la vez, que está tan envuelto en la bruma que no sale en los mapas ni lo tienen en cuenta en la Administración. Que, en este caso, parece que tenga que arder como quien enciende una hoguera: para ser visto. Y lo que queda dentro al ver esos cielos coléricos y en llamas y luego esos paisajes lunares y grises es una rabia poco recomendable, que ni siquiera encaja con la filosofía de Arsenio Iglesias, aquel entrenador del Deportivo, medio Cruyff y medio meiga, que cuando ganó la Copa del Rey en 1995 dijo "la derrota es más humana". Y que cuando perdió la liga en el último minuto, cuando ya no quedaba tiempo ni para respirar, contra el Barça (conmigo en el Camp Nou, un culé medio gallego masticando culpabilidad), empezó la rueda de prensa diciendo: "Mucho que decir y poco que contar". Muchas explicaciones que pedir. Tanto por hacer.

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