El proceso independentista

Utopía contra democracia

El nacionalismo excluyente cree que la república catalana será la gran solución a todos los conflictos

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Manifestación en la plaza de la Universitat de Barcelona, el martes.

Manifestación en la plaza de la Universitat de Barcelona, el martes. / ALBERT BERTRAN

Sostengo que hoy, en Europa, la democracia ya no está amenazada por militares redentores ni teocracias medievales. Hoy el peligro que acecha a las democracias establecidas es el utopismo, un común denominador ideológico que se esconde bajo tres corrientes de pensamiento que han ido ganando adeptos: los populismos nostálgicos de las utopías sociales y raciales del siglo XX, la tecnociencia y sus excrecencias seudofilosóficas (el cientismo y la tecnolatría) y los nacionalismos. No se excluyen entre ellas; pueden darse, como se dieron en el pasado, cócteles que mezclan esas tres corrientes de pensamiento en combinaciones a cada cual más regresiva y agresiva.

Opinión exprés

Albert Sáez

Director de EL PERIÓDICO

Nosotros, las personas

Todas las utopías comparten rasgos que las hacen especialmente peligrosas para la estabilidad de las libertades. Uno de los principales: creen haber hallado la solución perfecta a los conflictos (reales o supuestos) inherentes a la convivencia plural. Los demócratas sabemos que ello es imposible, utópico, y que la conflictividad social debe asumirse y canalizarse a través de instituciones que garanticen y promuevan la justicia social y la igualdad ante la ley. Esto ya está en Maquiavelo, por cierto.

Visión binaria

Otro rasgo del pensamiento utópico es su visión binaria del mundo: conmigo o contra mí. Dado que conoce la solución final, todo aquel que no la comparte es ignorante, enemigo y está de sobras. La historia es generosa en ejemplos. Finalmente, la utopía justifica la utilización de cualquier medio que facilite el advenimiento de su Icaria: la mentira, la delación, el adoctrinamiento, el abuso del lenguaje, la xenofobia y la violencia.

Hoy y aquí medra el nacionalismo excluyente que cree haber hallado en la república catalana la solución definitiva para los conflictos (reales o imaginarios) existentes entre nuestra comunidad y España. En una plaza de mi barrio cuelga una pancarta que reza: «Independencia para cambiarlo todo». Pues eso.

El independentismo comparte los rasgos centrales de la utopía: una solución final para acabar con la opresión de un pueblo mítico, una política binaria y fracturaria, y el uso sistemático de la posverdad y las trampas de lenguaje para magnificar agravios con los que soliviantar a las masas invitándolas a marchas de estética totalitaria. Ahora el independentismo practica violencia de baja intensidad (cortes de carreteras, escraches, carteles insultantes) pero queda por ver si las cosas no irán a más.

La adhesión al pensamiento utópico tiene poco que ver con la inteligencia. Neruda y Alberti ensalzaron a Stalin, Manuel Machado a Franco y Heidegger flirteó con el nazismo. Casals (e.p.d.), Romeva y Sánchez provienen del comunismo: les ha resultado fácil sustituir un pensamiento binario por otro de contenido diferente pero de similar estructura. No, no es una cuestión de inteligencia.

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La adhesión al pensamiento utópico es propia de mentes cautivas (Milosz dixit) o cautivadas por un espejismo, algo hasta cierto punto comprensible pero que, a la larga, resulta una trampa intelectual mortal. Efectivamente, toda utopía acaba topando, tarde o temprano, con una realidad tozuda y refractaria a las veleidades de los Grandes Reformadores.