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La crisis catalana

Mariano Rajoy y Carles Puigdemont se saludan antes de su reunión en la Moncloa en el mes de abril del 2016.

DAVID CASTRO

Se acaba el tiempo

Astrid Barrio

Seguimos en fase de desescalada al menos para ganar tiempo


La relación epistolar que este lunes mantuvieron el 'president' Puigdemont y el presidente Rajoy no ha aportado grandes novedades respecto a lo que ya sabíamos -o no sabíamos- la semana pasada.  Puigdemont se ha ratificado en la calculada ambigüedad que exhibió en el pleno del día 10 cuando asumió el mandato derivado de los resultados del 1 de octubre y,  medio de acuerdo con la ley del referéndum –ya que acuerdo con la propia ley correspondería al Parlament–  proclamó la independencia para acto seguido suspenderla y firmar una declaración sin ningún valor jurídico. En su misiva, Puigdemont ni confirma ni desmiente si se proclamó o no la independencia,  sino todo lo contrario y emplaza al Gobierno central a sentarse a negociar en el plazo de los dos próximos meses «sobre el problema que le plantea la mayoría del pueblo catalán que quiere emprender su camino como país independiente en el marco europeo», es decir,  sobre la secesión,  además de plantearle la conveniencia de que interfiera en el poder judicial para «revertir la represión». 

Impertérrito, Rajoy al igual que ya hiciera la semana pasada vuelve a pedirle que  aclare si se declaró o no la independencia de Catalunya, le advierte que de no desmentirlo se procederá a la activación del artículo 155 que «no implica la suspensión del autogobierno, sino la restauración de la legalidad de la autonomía»,  al tiempo que le invita a comparecer ante el Parlamento para trasladar sus demandas.

Desescalada

Seguimos pues en fase de desescalada al menos para ganar tiempo. Pero el tiempo se acaba el jueves.  Puigdemont ha decidido, de momento, desoír a los sectores que le pedían reconocer que se había proclamado la independencia porque cada vez es más consciente de los riesgos que asume y de los escasos  aunque muy ruidosos apoyos con los que cuenta. 

Europa le emplaza a volver a situarse en el marco constitucional, las empresas abandonan Catalunya temerosas de un escenario de inseguridad jurídica e internamente se empiezan a alzar voces que cuestionan abiertamente la viabilidad de una DUI. Rajoy, por su parte,  desoye a la caverna y a sus socios de Ciudadanos que piden contundencia y claman por la aplicación del 155 porque sabe perfectamente que adentrarse en esa senda inexplorada puede ser un terreno peligroso. Desmentir que se ha hecho una DUI y evitar el 155  sería hoy por hoy el escenario menos doloroso. Aunque no para todos porque los hay a ambos lados que compran la idea de que cuanto peor, mejor. A esos hay que aislarlos porque en realidad cuanto va peor, va peor para todos.  

Gestos del Govern

Pero para llegar a ese escenario hacen falta gestos que necesariamente han de venir de la parte del gobierno de la Generalitat que  es quien ha alterado las condiciones. Gestos que, sin embargo, no deben comportar  ni la humillación ni la sensación de derrota.

Puigdemont, no hay que olvidarlo, ha cumplido con su palabra y en el imaginario independentista no se le puede tachar de deshonesto o de cobarde.  Y como  ya ha cumplido solo le queda irse por la puerta grande y convocar elecciones. Ese es el único camino que le permite ni confirmar ni desmentir la DUI y evitar el 155.