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La clave

Nosotros, las personas

Albert Sáez

El debate ha sido finalmente identitario lo que obliga a dejar de tratar a los 'otros' como cosas

El llamado ‘procés’ es un reto para nuestra cultura democrática. Efectivamente, la identidad no es fácil de abordar en determinados foros, entre otras cosas porque la Transición y el pujolismo la constituyeron en tabú mientras que la izquierda siempre la esconde en un cosmopolitismo que la turismofobia ha puesto también en evidencia. Sigo pensando que el actual debate independentista originalmente no era identitario sino que tenía que ver con la gobernanza, por eso sigo defendiendo que lo que realmente podría ser mayoritario en Catalunya es el soberanismo. Pero lo cierto es que los atajos procesistas y el inmovilismo centralista han acabado por adentrarnos también en la dimensión identitaria del asunto, aunque se plantea de manera ciertamente paradójica. Y, especialmente, de manera muy superficial.

Hay una banalización del totalitarismo. Unos acusan al Estado de ser fascista porque no autoriza un referéndum. Me temo que la palabra debería ser otra. Mientras que los otros son sistemáticamente acusados de manipuladores simplemente por no aceptar los presupuestos cognitivos del Estado. Los sociólogos Berger y Luckmann explicaron con magistral precisión como las bases de la convivencia social se fundamentan en aquello que sus miembros “dan por descontado”, es decir que no aceptan discutir. O que cuando lo discuten es porque el grupo ha cambiado de “identidad”. En toda España se da “por descontado” que Catalunya es España. Escuchar al presidente del Gobierno preguntándole a Puigdemont desde La Moncloa si le puede aclarar si ha declarado la independencia de Catalunya es el síntoma de un cambio de paradigma que sorprende a casi todos fuera de este territorio. Por eso, la explicación que se busca al fenómeno tiende a la simplicidad. Los que piensan que Catalunya podría no ser España son tachados de “locos”, “sediciosos” o “abducidos”. Y como dice García Albiol deben ser “limpiados” de las instituciones catalanas para que dejen de adoctrinar a los niños o a los telespectadores. No es un planteamiento muy distinto al de Forcadell cuando dijo que determinados partidos del Parlament no eran catalanes.

El debate sobre la independencia es visto por muchos como una fatalidad pero una vez que ya estamos instalados en él podríamos aprovecharlo para profundizar en la cultura democrática de todos, sin dar lecciones unos a otros. El debate democrático pasa, por ejemplo, por no “cosificar” al adversario. Cuando dejamos de ver personas y vemos simplemente “españoles “ o “catalanes” entramos en una espiral que acabará considerándolos “cosas”, a las que se puede arrancar como cebollas de la puerta de un colegio electoral suspendido o a las que se puede contar como números sin atender a si querían ser contados.

Rajoy y Puigdemont andan en el empeño de desescalar este asunto en el que muchos, desde políticos hasta empresarios, han tardado demasiado en reparar. Les cuesta reconocer al “otro” como interlocutor porque han interiorizado sus propias caricaturas. Las relaciones epistolares están bien, pero ante la gravedad de los hechos igual estaría mejor un cara a cara tratándose como personas que son. Sería el mejor bajón posible.

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