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¿Qué va a pasar?

Cristina Pardo

"¿Qué va a pasar?" es la pregunta que cientos de personas se formulan estos días. No hay conversación que, al menos yo, no haya tenido en estos últimos meses en la que no salga la crisis con Catalunya. El 'president' de la Generalitat tiene esta semana dos oportunidades de impedir la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Puigdemont está recibiendo múltiples presiones. De un lado, las empresas han dado un severo golpe al proceso independentista al anunciar su cambio de domicilio social, a la búsqueda de estabilidad y seguridad jurídica. No estamos solo ante los efectos económicos que esto pueda conllevar, sino que es una forma de dejar clara de manera rotunda su nula confianza en la futura república. No creen en el sueño que patrocinan las fuerzas independentistas. Y eso es letal.

Pero además, Puigdemont está también presionado hasta el extremo por una parte del PDECat, ERC, la CUP y la calle, que se ha dejado irresponsablemente en manos de la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural. Estas dos entidades, tremendamente poderosas, han sido regadas con subvenciones millonarias y han logrado el control de toda movilización con un elevado nivel de perfección. Estos sectores han cobijado durante mucho tiempo, en mítines y proyectos legislativos, las ilusiones de cientos de miles de personas que creyeron que la independencia era posible, que no sería traumática y que contaría con el respaldo internacional. Actuaron como si los ciudadanos partidarios de la secesión fueran todos, no una parte. Probablemente, algunos de estos actores políticos creen de buena fe en lo que venden. Sin embargo, pienso que otros actuaban movidos por el oportunismo, esperando un gesto del Estado en el último minuto, agobiado por la tensión social y abrumado por la tremenda movilización del 1-O. Deben de ser los únicos que no conocen a Rajoy.

Las actuaciones unilaterales no auguran escenarios estables y positivos, pero si Puigdemont no confirma la DUI se revelará como un trilero

Yo no quiero que Puigdemont responda al requerimiento de la Moncloa con un 'sí', porque las actuaciones unilaterales no auguran escenarios estables y positivos. No quiero que abra una sima de consecuencias impredecibles por desconocidas. Y porque la política consiste en solucionar problemas, no en crearlos. Y eso se hace con diálogo, negociación, cesiones y otras artes, que no pasan por consultas sin garantías.

No obstante, y en mi opinión, si no lo hace, se confirmará como un trilero. Prometió la república, garantizó que se haría y minimizó los riesgos, a sabiendas de que no estaba haciendo un diagnóstico realista. Si ahora tiene las dudas lógicas que negó hasta hace cuatro días, Puigdemont mintió a los ciudadanos. Y tanto bochorno provoca la unilateralidad, como el engaño. Siendo benévolos, poniéndonos en el escenario de que su intención era buena y su ingenuidad real, sería como mínimo un político fracasado por no prever los daños colaterales de su propuesta política. En estas circunstancias, la única salida honrosa es la dimisión. Sería, además, una manera de demostrar que efectivamente tiene poco de español.

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