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EL CONFLICTO CATALÁN

Si aún hay tiempo

José Luis Sastre

La confusión que vivimos, síntoma de la anomalía, es la grieta para tener una última oportunidad si aún hay tiempo

Octubre ha traído el tiempo de las banderas y a las que ya había en Catalunya se le han sumado otras en otras partes que compiten incluso por el tamaño. Ahora que el momento es tan grave que se distingue en los balcones y Europa se lo toma con preocupación, se ha abierto en Madrid cierta brecha de optimismo por si fuera posible evitar nuevos «males mayores» a los que a veces alude Mariano Rajoy. A la política le pasa como al procés, que no hay quien la pueda prever. Quizá sea el puente festivo, que ha distendido los ánimos, pero del pleno que celebró esta semana el Congreso y de la recepción real en el Palacio de Oriente quedó una atmósfera posibilista, de última oportunidad, alimentada en que el Gobierno y el PSOE tratan de evitar lo que hace tiempo reclaman Albert Rivera y el sector duro del PP, que es llegar al final del artículo 155 y presumir por fin del tamaño. De la bandera.

A pesar de que el reloj cuente hacia atrás y alguna tele hasta lo ilustre con un crono a la manera de los concursos, la novedad de la semana está en el tiempo que se ha ganado porque en el Parlament hubiera podido pasar cualquier cosa, que por eso había mil periodistas acreditados. Al final, Carles Puigdemont apostó por un tiempo muerto y el Gobierno lo acotó a ocho días, como si fueran los días de oro en los que la Moncloa espera que emerjan las tensiones en el independentismo. Algo de eso ya tiene. Artur Mas, que no gobierna, les ha dicho a la CUP y a la ANC que ellos tampoco están en Sant Jaume.

El estado mayor del soberanismo

Es normal la confusión, porque cuando nadie sabía lo que iba a pasar, Puigdemont se vio en el Parlament con Mas y con la CUP y con la ANC, como si gobernaran entre todos, lo mismo que ocurre con lo que algunos llaman el estado mayor del soberanismo que se reúne a espaldas del Consell y delibera sin rendir cuentas. Es normal la confusión, porque en la noche del 1 de octubre la ANC gritó «President, no nos falles» y al cabo de 10 días celebró que Puigdemont diera «el tiempo que hiciera falta» y al poco, en su último giro, pidió que el Parlament «levante la suspensión», dando por hecho que el Parlament había suspendido algo. 

La confusión que vivimos, síntoma de la anomalía, es la grieta para tener una última oportunidad si aún hay tiempo

Es normal la confusión, porque han convertido la confusión en una ideología y la propagan deliberadamente, pero aún hay cosas que están claras: el Parlament «tomó nota» de los resultados del 1-O aunque no los avalara ninguna sindicatura electoral, como establece su propia ley del referéndum, luego suspendida. El Parlament tampoco ha proclamado la independencia a los dos días, según obliga la misma norma, ni ha suspendido nada, porque esa fue solo una propuesta del 'president' que nadie debatió ni, menos aún, votó, que es como se hace en los parlamentos.

Es normal la confusión, porque resulta que es Rajoy, precisamente Rajoy, quien exige ahora a Puigdemont que responda con un 'sí' o un 'no' en vez de enredarse en frases retóricas que digan sin decir, de esas que usa Rajoy para dejar que los problemas le repelan. Es normal la confusión, síntoma de la anomalía y, a la vez, la grieta por la que podrá colarse una última oportunidad si es que aún hay tiempo. Otra cosa será cuando quieran echar mano de su credibilidad, que fue la primera víctima.

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